martes, 26 de febrero de 2013

De sombras grises y trilogías.


El pasado fin de semana aproveché el sol de mediodía y fui a tomar un aperitivo a una terraza. Periódico en mano y saltándome las noticias que no me gustan, creo que los sábados no son aptos para política y economía, salté directamente a las páginas que podrían darme algún buen rato, o sea a deportes y a cultura.
En la lista de los libros más leídos de ficción, tanto en catalán como en castellano, me encontré con que lidera dicha lista el Sr. Grey y sus ya famosas sombras.
Lo intenté, de verdad que intenté dejarme seducir por el perverso encanto de Christian, pero no pasé del primer encuentro sexual con la encantadora e inocente Anastasia. Se ve que este libro está escrito para excitar la imaginación de las mujeres. Pues yo no pude concentrarme, porque la verdad es que está mal escrito de cojones. (Con perdón). Además el rollito este tan americano de chica ingenua con millonario, poderoso y convenientemente soltero...me cansa.
Claro que tendría que leerlo todo para poder opinar, pero como dijo alguien sabio, “la vida es muy corta, ¿de verdad quieres pasarla leyendo algo malo sólo para poder criticarlo? Búscate algo que te guste y léelo para poder disfrutar”.
Este libro, éxito de ventas, resulta que tiene dos partes más. Porque ahora se hace así. Las editoriales te contratan para packs de tres. Y me parece perfecto si realmente tienes algo que contar, pero la mayoría de las veces, si el primer libro es bueno, el segundo decae y se centra en detalles innecesarios para llenar el espacio, y ya en el tercero se nota que el escritor se ha quedado sin la idea original y han destrozado lo que podía ser una historia perfecta, por pensar sólo en los éxitos de ventas. Creo que los editores han sido sustituidos por empresarios. Y puede que resulte en algunos casos, a nadie le gusta fracasar, pero siempre he creído que para ser editor hay que tener un sexto sentido y quizá un poco de suerte.
Pues nada, voy a leer un rato. Les aconsejo que hagan lo mismo. Por si alguien se lo pregunta tengo dos libros empezados uno de Murakami y otro de Stephen King. Y es que aunque no me haya seducido Grey, creo que hay que estar abierto a todo tipo de lecturas. ¡Que lo lean ustedes bien!

viernes, 25 de enero de 2013

PIJAMAS DE FELPA.



Lo mejor es vivir el presente. Quizá porque el futuro nos viene muy incierto y porque el pasado ya no existe. Pero hoy me he despertado un poco nostálgica. A veces un detalle pequeño te traslada a otros tiempos y revives los momentos con un realismo exquisito.
Esta mañana, al despertar he puesto la radio, y la primera canción que ha sonado ha sido el “Good morning” de “Cantando bajo la lluvia”.  Y plas en un instante he sido una niña de diez años con pijama de felpa, recién duchada y esperando la película de Sábado Cine en el sofá.
Y después, a éste se han sumado otros recuerdos. Los dolores de barriga fingidos los domingos por la noche para no ir a clase los lunes, los libros de “Los cinco” y de “Torres de Mallory” donde Enid Blyton daba lecciones de moralidad oxidada y nos enseñaba la diferencia entre el bien y el mal. De esos libros, siempre me quedaba la curiosidad de que era la “cerveza de jengibre” que bebían todos los niños ingleses, pero cuando muchos años más tarde descubrí que era  lo mismo que el ginger ale y que iba fantástico para la resaca perdió todo su encanto. También recuerdo las películas musicales, como “Hello Dolly”, “Brigadoon”, “Mi hermana Elena” o “Siete novias para siete hermanos”  y siempre pensaba que la vida real sería mucho mejor si en un momento dado te pusieras a cantar y bailar por la calle.
Pero de mi infancia recuerdo sobre todo los veranos. Mi abuela, como buena abuela de verano reunía a todos los primos y nos llevaba de vacaciones a su pueblo. Y allí éramos todos un poquito más libres. Eran tres semanas de bañarnos en barrancos, porque pobre mujer, como iba a pagar la entrada para la piscina de todos, eran las interminables siestas obligadas donde ella dormía 20 minutitos escasos, y nosotros nos escapábamos arrastrándonos por el pasillo para ir al cuarto de juegos. Los bocadillos para cenar, los helados almendrados del sábado, el porrón con vino y gaseosa, y sobre todo ir a buscar agua con el cántaro a la fuente. Eran veranos de los años setenta, pero el agua la bebíamos de la “font de caps” de Tremp. Comprar agua embotellada era impensable.
La espinita que tenían las vacaciones eran que no teníamos tele, y yo los sábados por la tarde oía la música de “Vacaciones en el mar” de los vecinos y me ponía mala. Había en casa, una radio antigua de esas grandes con cuatro botones blancos, y la primera vez que la vi, recuerdo haber pensado que al ser la radio tan vieja sólo emitiría programas antiguos. Hay que decir que no era la niña más lista del mundo, y cuando escuché una canción de Miguel Bosé creí que había ocurrido un milagro o que se había producido un colapso espacio/tiempo. Bueno no lo pensé así, porque insisto en que muy lista no era, pero cuando entendí que la radio emitía en tiempo presente, me decepcionó un poquito.
Pues sí, hoy me apego al sentimiento de veranos de sol e inviernos en pijama viendo la tele en el sofá. Mañana será otro día, como decía Scarlett.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Esos tiempos en que ganaban los buenos...


A muy temprana edad mi padre me dijo una vez que siempre ganaban los buenos. Teoría corroborada por las películas de “Sesión de Tarde” que normalmente eran Westerns. Una vez mi madre, por lo bajinis, me dijo “No te lo creas, los buenos ganan poco, lo que pasa es que tu padre tiene muy buena fe”.
Yo como buena Escorpio, decidí no hacer caso de lo que me decían ninguno de los dos y seguir investigando. Lo que pasa es que lo pregunté al cura que me preparaba para la primera comunión y claro, el sermón me desmontó del todo. También le pregunté si esos niños a los que ayudábamos en el “Domund” eran pobres porque no eran buenos. Después de poner los ojos en blanco, me contó que Dios premiaba a los buenos en su reino celestial. Naturalmente, tampoco entendí nada de nada. Pero en vez de insistir, decidí volver a buscar la solución en los libros. Por aquel entonces yo leía “Mujercitas”, y la escritora ñoña resultó estar de acuerdo con mi padre. Siempre ganaban los buenos. Unos pocos años después, mi libro de cabecera pasó a ser “Yo, Claudio” de Robert Graves, y ese señor le dio la razón a mi madre. Los buenos ganan poco. No encontré ningún libro que le diera la razón al cura.
Mis dudas, en la adolescencia se disiparon. Estar seguro de tus opiniones es lo mejor de esa edad. Pero mis incertidumbres volvieron multiplicadas, cuando empecé a pensar. Ahora mi estado es el desconcierto.
No estoy desconcertada. Soy una desconcertada. Porque pasado un tiempo con cierto estado de ánimo, ese estado de ánimo ya forma parte de tu ser.
Yo que crecí estudiando en EGB, que al ser tímida y no jugar demasiado en la calle, mis niñeras fueron esas películas americanas de Doris Day, y esas españolas de Tony Leblanc y Conchita Velasco. Yo que casi crecí en el sueño americano. Y de verdad creí que habría un futuro dorado para mí y todos los de mi alrededor.
Un día me di cuenta del verdadero drama. No era la falta de futuro, sino la falta de interés en el futuro.
Vengo de una generación que heredó la tierra conquistada, pero que no fue  educada para conquistar. Y me siento un poco avergonzada de mi misma por no hacer más. Y me siento muy avergonzada cuando veo que se pierden los derechos por los que mi padre lleva luchando toda su vida. Puede que los buenos no siempre ganen, pero ahora se una cosa. Los buenos luchan. Aunque sepan que van a perder, porque el triunfo está en la conquista, en la fe, en saber que vas a la cama habiendo hecho del mundo un lugar mejor.
No se que haré con mis dudas y mi desconcierto. Supongo que intentar que no me dominen. Y empezar a conquistar mundos. Sin grandes gestos, en primer lugar, porque no sabría como hacerlos y después, porque al fin y al cabo, los pequeños gestos sumados se convierten en grandes.






lunes, 24 de septiembre de 2012

Heráclito, el cambio y yo.


Todo cambia, nada permanece. No nos bañaremos dos veces en el mismo río.  El Ente deviene y todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa.
Y no lo digo yo, sino Heráclito el Oscuro, un señor que dedicó su vida a pensar, a misantropear (sí, ya se que este verbo no existe) y a confundir mis tardes domingueras, dejándome una sensación de que es inútil lo que hagas y de “comprender que es imposible rebelarse contra el devenir” como dice la canción.(Por cierto, la canción, por si alguien se lo pregunta es "El momento más feliz"  de "La casa azul")
Pues este señor tendrá mas razón que un santo. Y habrá pasado su vida pensando cosas profundas, sin perder el tiempo mirando comedias románticas de Doris Day, pero aquí desde el siglo XXI, le podría demostrar que hay cosas que no cambian. Por ejemplo, yo. Más que nada, situaciones que parecen repetirse como si estuviéramos atrapados en el tiempo. (Dios mío, 15 líneas y dos referencias a cine tonto...tengo que decir en mi defensa que a veces miro las películas que recomiendan los críticos de cine, casi nunca las disfruto y creo que ellos tampoco, pero las veo, porque alguna vez entenderé alguna y sabré que ha llegado mi cénit mental).
Pues eso, que sin entrar en detalles, diré al Sr. Heráclito que soy muy capaz de tropezar una y mil veces con la misma piedra. Así que debo suponer que yo, o más bien mi actitud escapa a ese cambio. Y no es que no le ponga voluntad. ¡¡Yo quiero cambiar!! Me encantaría estar en una conversación y decir exactamente lo que pienso. 
Pero muchas veces me limito a asentir y no discutir. En mi cabeza se producen conversaciones paralelas, y tiendo a pensar, podría haber dicho esto, o esto otro...y debo decir que en mi cabeza acostumbro a ganar la batalla dialéctica.
Con lo bonito que es discutir. Defender tu punto de vista con alguien que no grita ni se cierra en banda, aunque piense algo distinto que tu. Creo que se está perdiendo este arte.

Me prometo a mi misma intentarlo. Sucumbir al cambio. A mi cambio de actitud, y darle la razón a Heráclito el Oscuro. Todo cambia. Todos cambiamos. Hasta yo.

martes, 21 de agosto de 2012

Llega el invierno: Juego de tronos


Hace unos días que me he aficionado a combatir el calor a base de pasar mis tardes medio a oscuras, refresco en mano y disfrutando de series de televisión.
Concretamente mi última preferida es “Juego de tronos”.
Sí, me paso las horas de calor extremo viajando de “Invernalia” a “Desembarco del rey”.
Para los no iniciados en la serie, diré que es una ficción basada en las novelas de George R.R. Martin, un señor de cara afable y con un rincón misterioso en su cerebro donde entre bosques, cuervos y lobos nacen estas historias.
Que envidia, poder crear algo así.
Yo no he leído los libros. Mal hecho, lo sé. Pero me dejé seducir por la cara de Sean Bean, patriarca de los Stark y me rendí a la serie de la tele directamente. No sé que caras habrían tenido los personajes si los hubiera conocido antes que el director de casting.
Lo que me llama de atención, a parte de la lucha de poder, la magia y el encanto de este falso reino medieval…son los personajes. No puedes evitar sentir simpatía por más de uno.Están tan bien definidos y sufren tanto que a veces sientes su dolor demasiado cercano.
El codiciado trono de la serie, es la meta final de juegos políticos, alianzas increíbles, traiciones y crueldad, mucha crueldad.
Un amigo que se está leyendo las novelas, me dijo que le sorprendía la manera en que el autor maltrataba a sus personajes. Lo entiendo, pero puede que una parte de nosotros desee ver, más que la desgracia en sí, la lucha contra esa desgracia. Al fin y al cabo lo que define a un hombre no es lo que le sucede, sino como se enfrenta a lo que le sucede.

A parte de la lucha por el poder, en  Poniente (el lugar donde transcurre la acción) se acerca el invierno. El invierno puede durar varios años, y se sabe que el que está por venir será especialmente duro.
No puedo evitar pensar en que aquí, en la vida real, también se acerca el invierno, y que seguramente será largo y duro. Y tiendo a imaginar que a lo mejor todos somos personajes de una obra. Puede que otro George R.R Martin esté ideando destinos, aventuras y desgracias para todos nosotros. Ojalá el guión de un giro hacia la comedia. Aunque algunos dicen que la comedia no es más que tragedia vista con distancia…
Mejor sigo refugiada en mis ficciones. Por mal que lo pasen siempre es mejor que leer el periódico.
Termino recomendando a todos, a visitar Poniente, a conocer a los Stark, a los Lannister y a los Targaryan. Sea en el formato que sea.
Y que nadie olvide que “Llega el invierno”. Así que mejor disfrutemos de la ola de calor.

lunes, 13 de agosto de 2012

Auge y caída de Alan Smithee. Cuento de Verano.


El sindicato de Directores Americanos del mundo del cine, la DGA, tiene (bueno más bien tenía), un nombre que se utiliza cuando un director, por lo que sea, no quiere firmar su obra. A veces cuando la película pasa por edición y montaje, el director ve el resultado como algo a años luz de su proyecto. O simplemente algo que no es lo que quiere transmitir. Es entonces cuando pide a la DGA que le conceda el “Alan Smithee”.
Esto ocurre porque antes de 1968, año en que el ahora prolífico Smithee, realiza su debut, la DGA no permitía los pseudónimos.
Y este señor, si lo “googleas”, tiene tantas producciones que empiezo a sospechar que sí existe de verdad.
Es más, en las aburridas y calurosas tardes de verano, cuando dedico mis horas a imaginar cosas imposibles, me ha asaltado una imagen de Alan delante del ordenador.
Sí señor, Alan Smithee, en claro-oscuro, en blanco y negro y con una risa maligna y acariciando un gato (vale estoy un poco de verano y en mi mente viven superhéroes de Marvel y supervillanos…), en fin Alan Smithee que ha cobrado vida por eso de que si todos creemos en algo al final existe, está navegando por la red y frotándose las manos.
Primero escucha una canción de mi supervillano preferido, el cruel “Pit Bull” y espera con paciencia a que este hombre pida un Smithee para toda su carrera como intérprete de canciones de dudoso gusto y decididamente malignas. Después navega por las páginas de actualidad y piensa que no hay porque quedarse en el mundo del espectáculo y que el gobierno debería firmar sus decisiones con el nombre de Alan Smithee. Alan, cual lecherita del cuento, empieza a soñar y se ve como un moderno hombre renacentista capaz de firmar cualquier cosa. De la política se pasa al teatro y esperanzado por las algunas de las casposa producciones ya se ve recogiendo el Tony al lado de Stephen Sondheim y del sobrevalorado Lloyd Webber. Y para el final, lo mejor, la librería, porque Alan siempre ha soñado secretamente en ser escritor, y cuando descubre la saga “Crepúsculo” sabe que ha llegado su momento.
Pero pasan los días, y nadie se decide a pedir un “Alan Smithee”…Alan, triste se pregunta por qué. ¿Acaso los autores y creadores en general han perdido la vergüenza? ¿Acaso siempre están orgullosos de sus obras?
El pobre Alan, no sabe a que atenerse, él, que ya se veía viviendo en un chalé con piscina y codeándose con los “más”.
El pobre Alan, se da de bruces con una realidad gris y oscura, sin entender por qué hay gente que se va a dormir con la conciencia limpia y tan satisfechos.
No entiende nuestro mundo. Y es que a algunos les cuesta entender la mediocridad. Pobres…


jueves, 31 de mayo de 2012

CON LA MÚSICA A TODAS PARTES...




No toco ningún instrumento. Tengo un sentido del ritmo bastante limitado. Y de pequeña cuando me apuntaron a una actividad extraescolar me dieron a elegir entre estudiar inglés e inglés. Si pudiera volver atrás en el tiempo, cogería a esa mini-Sofi vestida con jerséis de lana que le tejía su abuela y le pondría una guitarra en la mano, o una trompeta o unas maracas...lo que sea, para romper el hielo, para aprender solfeo, para poder leer una partitura... y es que una de las cosas de las que más me arrepiento es ser una lerda absoluta en el tema musical.
Aún siendo una profana en el tema musical, la música es importantísima en mi vida. Hay momentos en que querrías que el encargado del montaje pusiera una banda sonora al paisaje, instantes en que pudieras decir: “Si ahora sonara una canción de Van Morrison esto sería perfecto”. Agradezco a quien tenga que agradecer que se ha inventado el mp3. El mío es caótico y variado. Si alguna vez lo pierdo y alguien lo escucha, oirá una mezcla de Cole Porter, Bruce Springsteen, Goo Goo Dolls, Nina Simone, Ana Belén y...vale también tengo una de Paris Hilton.
Y aunque siempre voy con la música a cuestas, pienso que hay que ver la música en vivo.
Sí. La envidia sube hasta el infinito cuando estoy en un concierto en directo. A veces veo el diálogo entre los instrumentos y pienso que eso, es algo que yo nunca podré hacer. Pero yo sigo yendo, palmeando, respirando cada nota. Porque mejores o peores siempre hay algo bueno en cada concierto. Y hay una diferencia abismal entre escuchar la música y vivirla.
No nos engañemos, tal y como están las cosas, hay pocos músicos que se dediquen a su profesión por dinero. (Menos “PitBull”, creo que ese señor es un mercenario violador de melodías, y en mis rezos siempre hay un lugar para pedir que ese hombre nunca, nunca, nunca tropiece con las canciones de Sondhaim o Porter... Aún así, respeto a todos sus fans, poco, pero los respeto). 
Y como seguramente no me tocará la lotería y no podré montar un festival en mi pueblo, he decidido que voy a dedicar el próximo verano a ver conciertos. Y estoy segura que en otoño seré un poco más feliz. Ojalá coincidamos en alguno.
Como dicen en catalán “A l’estiu, música en viu”.



EL CREADOR DE DISTOPÍAS

  Tengo un amigo que ama las distopías. Escribe sobre ellas y parece que todo lo analiza con precisión quirúrgica, cuando lo imagino delante...