miércoles, 25 de abril de 2012

I am what I am...


A veces la vida se parece a un salón de espejos. Todo depende de lo que estés mirando. A veces escondida entre las sombras oyes cosas que te alegran la vida, a veces oyes cosas que preferirías no saber.
Todos tenemos más de una imagen de nosotros. No las voy a enumerar todas, porque cada uno tiene las suyas que pueden ser 2 o 200. Diré que yo tengo una que voy descubriendo día a día, y que en alguna ocasión me ha sorprendido. Es la imagen que tengo de mí misma. Yo solita. Ante el espejo. Sin máscara ni careta. Esa imagen que nadie nunca conocerá tan bien como yo. (Por si alguien me imagina desnuda frente a un espejo, estoy metamorfoseando sobre mi personalidad, hay que decir que ella, en bikini está más morenita y no le sobra ni un kilo, una pena que en la playa no me vean así...). En fin, esa imagen sincera y sin aditivos. Esa que nadie nunca va a conocer más que nosotros.

Tengo otra imagen. La que creo que proyecto a los demás. Esa, es cambiante como ella sola. Hay días en que esa imagen es segura de sí misma y pisando fuerte, como un mix de un anuncio de yogures, compresas y teléfonos móviles de última generación. Sí, hay días en que esa imagen me da muchas satisfacciones, pero desgraciadamente es como una estrella fugaz, brillante y de corta duración (sí, eso sale en “Blade Runner”). Porque siempre llega un momento en que ese yo de anuncio, pasa por delante de un escaparate y piensa ¿quién es esa señora de allí? Anda! Si soy yo. Y de repente el anuncio de yogures lo protagoniza Aída (no Carmen Machi sino Aída...).
Esa imagen que creemos que damos a los demás puede ser confusa y variable según las circunstancias. Todos nos sorprendemos al saber que caes mal a alguien que te gusta, o nos quedamos de piedra cuando sabemos que alguien a quien sólo saludamos en el ascensor habla bien de ti.
Voy a contar una anécdota. Tan real como lejana en el tiempo.
Hace muchos años, yo estuve viviendo en Irlanda por eso de mejorar un poco el inglés. Era verano, yo había quedado con alguien en el punto donde se cita todo el mundo en Dublín, la estatua de Molly Malone. Yo llevaba un vestido rojo y unas sandalias negras. Pero como la tarde estaba revueltilla, me puse encima una chaqueta, era una chaqueta deportiva impermeable, una de esas Karhu que estaban de moda en los 90. (Aún la tengo y aún la uso). A mi lado se sentó un grupo de estudiantes que empezaron a hablar en catalán. Yo estaba mirando si llegaba mi cita que empezaba a tardar cuando de repente oigo “Será hortera, sólo puede ser irlandesa, en España nos pondrían una multa por ir así por la calle, chaqueta azul y blanca con un vestido rojo!!”
¡Toma ya! Tenía a unas aprendices de Ann Wintour sentadas a mi lado. Yo me quedé helada. Y la verdad es que la curiosidad por si me seguían criticando mezclado con altas dosis de cobardía me impidieron decir nada. Las chicas haciendo leña del árbol caído, continúan cantando las excelencias de mi atrevido atuendo. Yo allí sentada entre avergonzada y más avergonzada cuando pasa una amiga de Madrid, se para y empezamos a hablar en castellano. Las chicas empiezan a dar grititos y saltitos de nervios pero se calman en cuanto ven que mi amiga se marcha y yo vuelvo a sentarme sin decir nada, ellas por supuesto continúan hablando. Oigo como dicen que al ser castellana no he entendido nada de lo que han dicho. De repente una se levanta, y dice “Voy a comprar chuches ¿Queréis algo?” Al levantarse veo que tiene un chicle pegado en el pantalón. Y yo...en mi perfecto, rural y agradable catalán le suelto “No hace falta que compres chicles, tienes uno en medio del culo”.
En mi interior sonaban aplausos y ovaciones por el don de la oportunidad y mi sagaz comentario, y allí estaba mi cita, que no llegaba en caballo blanco pero sí con prisas porque había perdido el autobús. Creo que ese fue uno de los mejores momentos de mi vida. Digno de un gag. De repente mi yo de anuncio de yogures se levantó y el vestido rojo bajo chaqueta karhu nunca me había sentado tan bien.
Lo que quiero decir con esto, es que no importa lo que nos pase, sino como nos encaramos a ello. Que los demás siempre hablarán de nosotros, y muchas veces mal, pero esto no debería frenarnos para ser como somos. Y que no podemos gustar a todo el mundo. Pero siempre podemos gustarnos a nosotros mismos.

EL ÚLTIMO CAFÉ

Recupero una ficción que empecé hace mucho tiempo y quedó encallada. De momento son capítulos sueltos que se pueden leer, sin más expectat...