lunes, 28 de agosto de 2017

EL FINAL DEL VERANO. LA ENGAÑOSA DEPRESIÓN POST-VACACIONAL.



Con el final del verano, te bombardean con consejos para superar la depresión post vacacional. No los creas. No existe. Lo que pasa es que la memoria es amable y no te permite ver la mierda de verano que has tenido.
En serio ¿Cuántas veces has dormido hasta que el cuerpo te ha dicho basta? ¡Ja! Seguro que si no te han despertado tus hijos, ha sido el calor, o el ruido, o el calor otra vez, que este año ha sido mucho.
Y tus días fuera de casa ¿Has hecho el viaje soñado? Deja que me ría. Lo que has hecho ha sido ir a un apartamento de playa a pasar una semana, a pelearte por un pedazo de arena rodeado de guiris quemados y a pagar 3€ por una caña en vaso de plástico del chiringuito, que además se calienta en 4 segundos. Has salido poco de restaurantes, porque la verdad es que las colas eran inaguantables. Cuando lo has hecho, has encontrado camareros que curran 12 horas por el sueldo mínimo y que aún así te atienden y piden perdón por el retraso pero es que en agosto ya se sabe. Y tú los has mirado con ese aire de “que mal servicio, no vuelvo aquí ni de coña”, y has seguido quejándote hasta que te han invitado al café.
Y ahora viene septiembre, y lo mejor es que los precios han bajado. Así que si el año que viene puedes elegir, pide vacaciones para este mes y no seas pringado.
Si después de despertar a tu memoria real, sigues teniendo la falsa depresión inventada por los comerciales para que consumas más, empieces cursillos y compres libros de autoayuda… te recomiendo que hagas un examen profundo y pienses en lo que quieres cambiar de tu vida. Porque tu vida, no es la semana pasada, en el mejor de los casos, en un crucero mediterráneo, tu vida es cada mañana cuando abres los ojos. Así que dedícate a hacer pequeñas cosas o grandes gestos para mejorarla. Todos a tu alrededor te lo agradeceremos. Y por cierto, a nadie le interesan las 173 fotos de puestas de sol. Así que no organices una cena para enseñarlas, haz una selección y que juzgue instagram. Los tiempos cambian.

La verdad es que yo no suelo sufrir depresión postvacacional. Trabajar en agosto es un lujo porque todos estamos relajados.
Septiembre me encanta y octubre aún más. El secreto está en ser feliz con las pequeñas cosas.
Así que despierta con una sonrisa, no creas en depresiones y vete a la cama feliz.

Y después de este post que parece estar escrito en imperativo y a voz de grito (la verdad es que me ha inspirado el anuncio número tropocientos de “termina el verano, vitaminas y de cursos o coleccionables en fascículos”) os cuelgo una canción. Una de “mis” canciones fetiche. También es una de mis pelis fetiche o lo fue hace mil veranos. Disfrutadla. Y os dejo con otro imperativo: sed felices.







lunes, 21 de agosto de 2017

OLVIDAR LO APRENDIDO

Mi trabajo consiste en la continuidad. Desde mi despacho puedo ver por la ventana el paisaje que necesite. Hoy tengo tras mis cristales un pueblo de casas blancas junto al mar. Oigo los gritos de las gaviotas y el cielo y el agua se funden en un “degradé” de colores que voy a copiar para mi próximo pañuelo echarpe. Azul Grecia. Siempre me ha gustado este color. Me trae recuerdos de tardes al sol, de mañanas frescas de Junio cuando parece que todo está por llegar y de atardeceres frente al mar.
Mi próximo proyecto no es difícil. Tengo completo el próximo grupo que debo enviar a luchar. Debo decidir dónde. Estudio cada perfil de mis “soldados”. Han tenido vidas duras. Este grupo merece un poco de diversión. Miro mis volúmenes de historia. Los he pasado todos a digital pero me gusta el ruido del papel al pasar las páginas. Naturalmente conozco toda la historia mundial de memoria, pero ésta es distinta y se basa en los pequeños detalles. Cojo un grueso volumen y lo abro al azar, la casualidad es una parte importante de mi trabajo. Leo atentamente. 

“Lisboa 31 de Octubre de 1755. Amanda se despierta temprano, ha dormido mal, ha oído perros ladrando toda la noche, en cuanto se levanta tiene un escalofrío, un mal presentimiento…” También es mala suerte, no quiero saber si Amanda sobrevive al terremoto y al incendio, pero imagino que no. Cierro el libro y me preparo un café. Leo un poco más sobre mi grupo. Dos informáticos, un médico, una panadera, un peluquero, dos maestras de guardería y una física teórica. Es un grupo pequeño. Uno de los informáticos está casado con una de las maestras de guardería. Aunque él tiene una amante, y eso hace preguntarme si la amante también debería formar parte del grupo. Decido que no. Más adelante los volveré a juntar, pero esta vez merecen estar separados. Después de mi segundo café vuelvo a probar suerte y cojo otro tomo de la estantería.

“China en tiempos de la dinastía de Qin Shi Huang.
Xiao Chen se siente afortunado. Se levanta temprano y va directamente al taller. Hace mucho tiempo que trabaja tallando soldados. Cada uno distinto. Él conoce algunos de los soldados y le da pena que cuando terminen de tallarlos todos tengan que morir para dejar su alma allí…”
Paro de leer. Me gusta que la gente crea en cosas. Aunque sé que los guerreros no dejaron su alma en las esculturas, no toda su alma al menos. Pero en esa época se creía en cosas y eso me decide. Puedo mandar al grupo allí. Voy a seguirlos atentamente. Deberán volver a aprenderlo todo. Aprenderlo diferente. Olvidar lo aprendido. Cojo el dossier de facilidades y veo que les toca ser bastante afortunados. Los voy a enviar a China. Nada de tecnología. En familias de distintas clases. El matrimonio tardará en conocerse y ella que es la engañada será la privilegiada ahora. Lo siento chico, te toca pagar un poco de karma.
Miro por la ventana. El azul me relaja y me da fuerzas para todo el trabajo que me queda por delante. Empiezo con los diagramas familiares. Continuaré un par de días con las conexiones fugaces con otros grupos. Me da un poco de envidia la suerte que tienen al volver a empezar. Aunque a veces me pregunto si sería mejor que lo supieran. Pero los jefes deciden que no. Al menos de forma general. Existen casos especiales. Pero yo no suelo encargarme de ellos.
Cuando la gente dice que las almas se reencarnan en grupo, no imaginan todo el trabajo de detrás. Piensan en el tiempo lineal de la historia e imaginan algún tipo de magia. Si supieran la verdad puede que apreciaran más la vida que les toca. Todo el trabajo, toda la planificación. Todo el estudio de perfiles y las noches en vela por las dudas éticas. Aquí no valen las religiones. Cuando mueres te das cuenta que la religión, o la falta de religión, no era más que un barco distinto que te llevaba a un mismo destino. Cuando mueres, en una décima de segundo comprendes que las diferencias y los nombres no cuentan, cuenta la esencia. Al final las constantes suelen pesar más que las variables. 
Cada grupo de almas que envío suele ser un poco como mi familia. Los sigo hasta que vuelven a mí, aunque alguno ya haya superado esta parte y pase a otro grupo de más nivel. Me gusta mi trabajo. Me tienen prohibido decir que jugamos a ser Dioses. Así que más bien digo que soy como una escritora cuyos personajes se independizan y eligen sus propias historias. Y siempre estoy ansiosa por escuchar y aprender de ellos. Al fin y al cabo los escritores suelen aprender más de sus creaciones que de sus maestros.



He leído hace poco que los escritores escriben para escapar de la realidad. No podría estar más de acuerdo. Sin autoproclamarme escritora, diré que yo también escribo para crear una realidad distinta de la que vivo. Este relato no va de muerte sino de renacimiento. Y aunque retazos de una reciente e interesante conversación están aquí, debo decir que el cuento se ha gestado esta mañana al dar el pésame a alguien.
En general no estamos muy preparados para gestionar bien nuestras emociones, pero me gusta pensar que lo intentamos lo mejor que podemos.

Esta semana no sólo os deseo que seáis felices, os pido que repartáis esta felicidad entre aquellos a los que amáis.


lunes, 7 de agosto de 2017

EL HOMBRE SIN RELOJ

Fue la casualidad o a lo mejor la causalidad lo que lo llevó a no lucir esa máquina en su muñeca.  De pequeño conoció al tiempo. No al que nosotros conocemos  ni a toda su familia. No conoció al tiempo libre, ni al tiempo de estudiar, ni al tiempo de azúcar,  ni al tiempo de pensar que ya lo decidirás mañana. Nada de eso. Conoció al verdadero tiempo. Al poderoso y cruel. Al implacable. Y entendió que la humanidad estaba en guerra desde hacía siglos. Entendió lo inentendible y decidió luchar.  
Lo miró cara a cara y le dijo “Somos enemigos. No pienso jugar a tu juego. No pienso creer nada de lo que me digas y a partir de ahora pelearé contra ti”.
El tiempo miró al jovencito con cierta curiosidad y se tocó la barba blanca, lucía una larga barba porque el tiempo era muy viejo, así como al estilo druida de Asterix. Después de mirarse cara a cara,  el viejo druida se rió. “Sabes que nunca me vencerás. Al final gano yo. Siempre.”
“Pero puedo intentarlo, empezar una revolución. Y eso te hará daño. Llegará un día en que no tendrás poder contra el hombre. Quizá yo no lo vea, pero valdrá la pena probar”.
“Si piensas eso  empecemos. Me aburro desde hace mucho”. El viejo de barba blanca tenía la soberbia que le daba no haber conocido a ningún rival digno.
Y el chico que nunca llevaba reloj empezó a estudiar como vencer al enemigo invisible. Cayó en sus manos biografía de Marco Vitruvio donde leyó sobre la Clepsidra, el reloj de agua que medía las noches egipcias. Y pensó que allí empezó todo. Con la necesidad de medir. Con la necesidad de poner horarios. Vio que su enemigo tenía la batalla ganada.  El tiempo existía como concepto y como realidad. El tiempo tenía minutos digitales, de cuerda, automáticos, a pilas y de diamantes. Los últimos segundos del partido, los primeros minutos de una película, los tiempos récord en el Tour, la cuenta atrás del lanzamiento de la Soyuz…Había creado la falsa ilusión de sumisión con los relojes. Si sabes la hora que es dominas el tiempo. ¿Por qué? Pues porque no llegas tarde y lo aprovechas bien.
El chico sin reloj leyó “Momo” de Michael Ende y supo que él también había querido de alguna manera declarar la guerra a los relojes.
Decidió que no podía destruir todos los relojes del mundo. El tiempo tenía la historia y la sociedad de su parte.
 ¿Y él? ¿Qué tenía él?
Su única ventaja era que no tenía reloj. Cosa que hacía que midiera sus días y sus noches de forma diferente. Los medía en recuerdos. Los medía en instantes. En momentos. Los medía de una forma tan distinta que los desposeía de su esencia. El recuerdo dejaba de ser una hora para pasar a ser algo importante. Los momentos, los instantes carecían de duración. Y eso los hacía mucho más valiosos.
El viejo druida observaba al hombre, ahora ya era un hombre;  en eso el tiempo había ganado,  y empezó a ponerse nervioso. Eso no me lo esperaba, pensó.
El hombre sin reloj, oyó la tos nerviosa del viejo tiempo y supo que algo había cambiado. Se trata de eso. Hacer que todos lo olviden.
Supo entonces que era una tarea casi imposible. Pero empezó con él mismo.  El tiempo que compartías con el hombre sin reloj desaparecía numéricamente. No importaba la hora. Al despedirte no contaba el tiempo pasado con él y quizá por eso contaba más que nada. Y la gente empezó a imitarlo. No consultar el móvil. Perder el reloj. No ponerte otro. Y muy, muy lentamente hubo un grupo de personas que conocieron al hombre sin reloj y que inconscientemente aplicaron la misma técnica. Y así casi sin darse cuenta, nació la revolución. No todo estaba perdido.
Al fin y al cabo ya lo dijo Albert Einstein: El tiempo no es real es sólo una ilusión psicológica.



Y para despedirme os pongo banda sonora un poco cursi, esta canción estaba en mi coche y  aunque “Batman Forever” no es de mis versiones favoritas está en nuestra memoria colectiva, no lo neguéis, y además la llevo tarareando en mi cabeza desde hace casi una semana, así que si yo lo “sufro” vosotros también. Hasta dentro de unos días que en Agosto a lo mejor nos cogemos unos días de vacaciones. Eso sí, sed felices. Cuanto antes mejor.



EL ÚLTIMO CAFÉ

Recupero una ficción que empecé hace mucho tiempo y quedó encallada. De momento son capítulos sueltos que se pueden leer, sin más expectat...