jueves, 1 de agosto de 2019

3. MÚSICA Y HUMO EN EL COCHE


La yaya de Patri tenía dos cosas muy claras. Una que el mundo se iba a la mierda. Dos que ya no quedaba nada interesante por ver. Una mujer testaruda. Fue una madre moderna de las que llevó a su hija al ginecólogo y le enseñó a liarse un porro con una mano. Trabajando toda su vida, de lo que saliera, camarera de pub, pinchadiscos en fiestas, representante de grupos “de la movida”. Siempre curiosa, ávida de aprender. Hasta que se jubiló y vio como la gente la trataba como si fuera una inútil. Debes cuidarte, apúntate a los cursillos, camina, no comas fritos, no bebas, ¿qué te crees que tienes 25? Pues sí. Tengo 25, hace tiempo que los tengo  por eso sé como son los 25. La yaya de Patri por dentro tenía los mismos 25 años que cuando se levantaba la camiseta en las fiestas. Su hija, Lucía, había tomado el mal camino, era la directora de un banco, casada con un señor mayor de esos de ir a misa los domingos y creer en todo lo que dice el cura. Su hija había tenido sólo una niña, Patri. A veces se preguntaba si sólo lo habían hecho una vez. Patri era un amor de criatura. Siempre con ganas de ayudar a los demás. Ahora estudiaba psicología y por las tardes era voluntaria en un centro de niños con “Síndrome de Down”. Desde que se había trasladado a vivir con su abuela, en parte por los estudios, en parte porque Lucía había insistido en controlar a la vieja, la yaya de Patri ya no era tan feliz. La niña, era vegana, runner y por supuesto no fumaba. Además tenía un novio sudamericano, un DJ que pinchaba en los locales latinos con más o menos clase. La yaya de Patri, la primera vez que oyó “locales latinos con clase” se echó a reír, porque pensó que era un chiste. El chico no se lo tomó bien, y ahora hacía tiempo que no aparecía por casa. Tanto mejor, la música que ponía cuando venía, era mala del copón. Patri se lo había perdonado, en parte porque adoraba a su abuela y en parte porque pensaba que su novio se tomaba demasiado en serio su profesión.
Lo malo de vivir con su nieta, era que ésta se había empeñado en cuidarla, y a parte de seguir una dieta sanísima a base de cosas al vapor y un invento del diablo llamado tofu, no podía fumar y le había prometido que caminaría una hora todos los días. También le había prometido que no tomaría más que un café a la semana y se aficionaría a las infusiones. Así que mientras la yaya de Patri cruzaba mentalmente los dedos y le prometía a su nieta que cambiaría su actitud y se portaría bien, pensaba en cómo iba a escapar de esta cárcel física y mental.
La verdad es que le costaba mucho esfuerzo mentir. Toda su vida había sido más o menos libre. Y hubiera mandado a la mierda a Patri si no fuera porque era… bueno porque era su nieta y lo hacía todo de buena fe.
Cada día la yaya y Patri desayunaban un zumo verde. La joven se iba a clase y la abuela se preparaba para ir a su caminata diaria. Salían de casa juntas y se despedían con un beso en la mejilla en la esquina de su calle. Y la yaya de Patri, volvía a casa, sacaba su coche del garaje y daba una vuelta. Aparcaba cerca de algún sitio que le gustara y escuchaba buena música. Y sacaba viejas fotos de la guantera. Se quedaba largo rato mirando las fotos. No es la piel lozana lo que añoramos de las imágenes del pasado. De hecho, la piel lisa y sin rasgos es casi como un lienzo en blanco. Todo está sin pintar. Lo que añoramos de las fotos del pasado es la mirada llena. Esos ojos que nos miran desde el ayer repletos de sueños y esperanza. Y de reproche. Porque de alguna manera nos piden cuentas. Nunca estamos a la altura de sus expectativas. Nunca estamos a la altura de nuestra niñez. La yaya de Patri enciendía un cigarrillo y fumaba. Y mientras echaba el humo para difuminar los recuerdos daba volumen a su música y cerraba los ojos.
Alguna de sus mañanas de fuga, iba a una cafetería y se tomaba un “expreso” o un cortado. Había probado los “capuccinos” pero no eran lo suyo. Esta mañana, había encontrado aparcamiento con vistas a “Le tournessol”, una cafetería que ella según su ránking personal había calificado con una “T” que equivalía a “Tú tienes más morro que espalda”. Sobre todo por cobrar el cortado con un corazoncito de chocolate en la espuma a 3,95€. En su ránking había interesantes calificaciones como una merecida “A” de “Aquí se puede volver”, normalmente a los bares sin pretensiones, como de barrio, donde por 1€ te tomas un buen café y opinas de fútbol, política y cotilleos varios, con los camareros que suelen ser los dueños del local a punto de la jubilación. Una “E” de “Este sitio es una mierda” para los que tenían precios de turista y servilletas de papel encerado que no seca nada. Una “S” de “Sólo vuelvo aquí si me estoy meando porque es gratis” a las cadenas sin servicio a las mesas donde los vasos eran de papel. Y la lista añadía una letra cada vez que la yaya se aventuraba a entrar en un nuevo local.
Esta mañana no iba a tomar café, Patri le tomaría la tensión al mediodía y no podía permitírselo. Esta doble vida le daba tanto estrés que acabaría con ella. A parte llevaba unos días tristones, desde que leyó en el periódico el entierro de uno de sus novios y posible abuelo de su nieta. Un personaje. Joven y sinvergüenza, un pieza del que siempre estuvo un poco colgada. La verdad es que al morir él, le pareció que terminaba una época. Fue consciente de que no tenía amigos. Y que cada vez se interesaba menos por las cosas.
Sobre las primeras notas del “Boom boom boom” de John Lee Hooker, sonó un disparo. Bajó la música justo en el momento que sonó otro. Fue rápido como una traca. Veía el “Tournesol” de lejos y supo al instante que los disparos venían de allí. Hubo una pausa y sonó otro disparo. Como en las películas de Tarantino, sí, a pesar de su edad le gustaban las pelis de ese tío. Se quedó allí sentada en la intimidad de su coche, terminando de liarse un cigarrillo y sabiendo que nadie saldría vivo de la cafetería. Siguió escuchando a Lee Hooker mientras llegaban las ambulancias y la policía, casi al mismo tiempo. Siguió allí mientras salían los cuerpos y encendía otro cigarrillo. La tensión le saldría por las nubes. Pero por fin un poco de acción, pensó, estoy disfrutando cada maldito momento. 


  



miércoles, 24 de julio de 2019

2. YO ES QUE ERA INMORTAL HASTA HOY




Me llamo Adrián. Y estoy muerto. Me acaba de disparar una boluda reteñida que se ha disparado después en la cabeza. La muy pelotuda ha dejado 2,20€ por sus cafés. Yo que era inmortal. Resulta que no. Llegué a comerme Europa por aquí. Mi excusa es que soy argentino. Y aunque lo mejor del mundo es nuestro país, aquí estoy, echándolo de menos. No quería irme. Siempre fui un niño feliz en Buenos Aires. Mi apellido es italiano. Como el de mi abuelo. Las mujeres me aman. Las conquista mi acento y mi mezcla de razas. Menos  una vez, en que una mujer me preguntó si mi abuelo era nazi o apoyaba a Mussolini. Le escupí en el café. Todos los días. La pobre me sonreía educada, pero en el fondo me odiaba, por ser un inmigrante argentino. La pena de todo es que tenía razón. Mi abuelo era un nazi italiano. Y en Buenos Aires recuerdo tener en el desván del barrio de San Fernando un placar lleno de cachivaches del abuelo. Entre ellos una navaja con la cruz gamada, y varias insignias. Mamá no me dejaba jugar con ellos, ni tan sólo decir que las había visto. Un día desaparecieron.
Esto de morir ha sido un gran inconveniente para todos mis planes. Ahora, estoy sentado en la barra observando cómo se llevan mi cuerpo dentro de una saca color plata. Vaya puta mierda todo. Iba a retirarme pronto. Mi vieja se iba a venir conmigo. No mi mamá claro. La vieja a la que le como el coño dos veces por semana desde hace un año. La vieja a la que saqué del aburrimiento de las clases de paddle y los cafés con las amigas. No fue difícil escogerla a ella. La conocí en el bar. Y de todas las de su grupo era la que iba mejor vestida. Ese punto de las blusitas estrechas para marcar un tipo que hace tiempo que no te resulta, rancia cabrona. Ese lástex que estirabas hasta el infinito para que tus lorzas se notaran menos. Se te notaban reputa. Se te notaban mucho. Pero yo empecé a sonreír y a ponerte un bombón extra con tu cortado de soja con sacarina. El bombón siempre iba al bolso. Para luego decías. O para mis sobrinos. Y una mierda. Te lo comías en el coche. Seguro que te corrías antes de que te tocara pensando en lo que te gustaría hacerme. No fue difícil que cayeras en mis redes. Y mientras decías, yo no suelo hacer esto, mientras mi verga te llenaba los vacíos de la soledad, yo te decía, yo es que soy argentino. Y tú te corrías. No costaba mucho. Sólo buscabas cariño. Vas a llorarme hijadeputa. Vas a llorar a tu amante de 30 y nadie sabrá por qué lloras. Te diría que vendré a verte, pero no sé lo que me pasará ahora. Nadie ha venido a buscarme. Ni he visto un túnel con luz al final. Sólo estoy aquí sentado esperando que hacer.
Siempre pensé que morirse era más fácil. Como en las películas de Hollywood. En mi muerte vendría una tetona morena a buscarme y me haría una mamada camino del paraíso. Pero se ve que no. Me reuniría con mis amigos. Pero la verdad es que no conozco a tanta gente muerta. Debo ser de los primeros de mi generación. Vaya montón de mierda ¿no? Ahora que lo pienso, ¿y los otros fantasmas? Soy el único que está aquí. Pero hay muchos muertos. A lo mejor ya los han venido a buscar. Manda cojones que no hayan venido a por mí. Creo que es porque soy argentino y me he muerto en Europa.




martes, 4 de junio de 2019

1. EL ÚLTIMO CAFÉ


Recupero una ficción que empecé hace mucho tiempo y quedó encallada. De momento son capítulos sueltos que se pueden leer, sin más expectativas que ir leyendo. Iré escribiendo sobre la marcha, sin demasiada pauta, como experimento de escritura y para obligarme a pensar.
Así que ahí va el primer capítulo. 




1. EL ÚLTIMO CAFÉ


Carmen mueve la cucharilla dentro de la taza de café desde hace más de cinco minutos. Cinco minutos no son muchos, a no ser que estés al lado de alguien que mueve la cucharilla del café y da pequeños golpecitos rítmicos y cada vez más sonoros.
Son las 09.00 a.m. y Carmen está en un una ciudad cualquiera. Europea. No recuerda cuando el término europeo dejó de ser sinónimo de civilizado. A lo mejor fue tan gradual que nadie se dio cuenta. En las noticias un “youtuber” ha maltratado a un “sin techo” que dormía en un cajero. El “sin techo” era negro. No es que tenga ninguna importancia para alguien civilizado. Pero era “sin techo” y negro. Así que como piensa el vecino de barra nervioso de Carmen, tampoco es tan grave. Si se hubiera quedado en su país no tendría que haber dormido en un cajero. Un grupo de jóvenes pasan por la calle gritando, llevan banderas atadas a modo de capa. Los policías los miran desde dentro de su coche, pensando si deben o no deben intervenir. Las noticias continúan, crisis, desalojos y una modelo ha roto con su prometido antes de la boda.
Hay gente muy diversa en la cafetería donde Carmen remueve el café. Y todos ven la tele sin hacerle mucho caso. Otro acto violento. Uno más. Siguen con sus vidas, porque en el fondo eso son cosas que pasan en la tele.
El camarero, trabaja 10 horas seguidas y se paga el seguro de autónomo. No se queja. Tiene trabajo. Y es inmigrante. No es negro. Es un argentino rubio de ojos claros. Es el encargado de otros dos camareros, bajitos y feos. Se gana a las clientas con una sonrisa y piropos del otro lado del mar. Comparte piso con una compañera de cama que piensa que un día se casará con él. Comparte cama también, con una señora que pasa de los 50 y tiene dinero. Bueno, el dinero es de su marido pero en cuanto se divorcie, le tocará un buen pico.
Carmen se toma el café. Está frío. Piensa en quejarse. No es bueno que el último café que se tome sea tan malo. Pero la culpa es de ella, por no bebérselo antes. Así que pide otro. Las noticias dicen que viene una ola de frío. Otra. Carmen se quema con el café caliente. Se ha olvidado ponerle azúcar. Pide azúcar moreno. Es mejor para la salud. Lo dicen los blogs que ella consulta al mediodía. Carmen se termina el café. Y ve en las noticias que suben los precios del pan. Y del tabaco. Carmen dejó de fumar cuando empezó a correr. Y estaba satisfecha con su decisión. Lleva 6 meses sin fumar y corriendo 30 minutos al día. El vecino de barra de Carmen termina su cortado con leche muy caliente y se pone el abrigo. Deja el importe justo, encima de la barra. Va a salir por la puerta y un tiro certero le da en la nuca. La gente levanta la vista de sus cafés. Pero Carmen, está en racha. Ya ha empezado. Dispara al camarero argentino. A los dos camareros feos. Nadie intenta pararla. Todos están agachados, escondidos. Rezando por salvar la vida. Se oyen gritos. Pero en la cabeza de Carmen suena música clásica. Carmen sigue disparando. Vuelve a cargar. Mientras carga su pistola, alguien pensando que todo ha terminado sale de su escondite. Carmen le dispara en la frente. Todos están muertos. Carmen carga por última vez su pistola. Y se queda un instante parada. Saca 2 Euros y 20 céntimos de sus cafés y los deja encima de la mesa. Se acerca la pistola a la sien. Y dispara.





martes, 9 de abril de 2019

"SOLO DE PIANO"



A veces voy a conciertos y a veces se me ocurren historias mientras escucho tocar. Ésta es una de ellas. Sed felices.



Alex terminó de afinar su piano casi a oscuras. Siempre llegaba antes que todos. Necesitaba ese momento para poner su mente en orden. Era como el aroma del café antes del primer sorbo. Con sesenta años y unos pocos más, había llegado a esa edad en la que eres un buen músico. Sobre todo si empiezas a practicar de pequeño. Él era un buen músico. Pero había entrado muy tarde en el mundillo. En su vida antes del piano había sido un profesor de literatura inglesa en una universidad de esas que tienen gárgolas en la entrada. Había sido un profesor regular pero guapo. Y había leído en voz alta los pasajes más melancólicos de la literatura con voz quebrada por el tabaco. Esas lecturas eran como una tela de araña donde caían estudiantes entre suspiros adolescentes. El día en que empezó su primera clase de música, lo había dejado todo atrás. Su trabajo, sus libros y su vida.

- Un agua con gas con mucho hielo y limón.
- ¿Es usted de la banda?
- Sí
- ¿Sabe que tiene barra libre? ¿No quiere nada más fuerte?
- En vaso ancho, agua con gas con mucho hielo y limón.

El camarero se encogió de hombros y fue a la barra. Había crecido en un barrio donde los chavales entraban en un grupo por la bebida gratis, las drogas y tirarse a groupies. Ahora los músicos eran veganos. Ni fumaban, ni bebían y de lo otro tenía sus dudas. Otros tiempos sin duda.

Alex ignoró todo a su alrededor mientras medía la distancia de su piano al micro de la cantante. Siete pasos largos. Perfecto. Todo salía bien con siete pasos. Siete tenía algo de mágico. Siete notas musicales. Siete días de la semana. Siete chakras. Siete pecados. Siete vidas si eres gato.
El piano sonaba perfecto. La acústica del local era sorprendentemente buena. En un rato se llenaría de gente bebiendo ginebra y moviendo los pies al ritmo que tocaran. Durante una hora y media los asistentes estaban a merced del humor de los músicos. Y de Claire. Todos mirarían a Claire.
Olió su jabón de Tiaré mucho antes de que ella dijera algo.

- ¿Todo bien?
- Todo perfecto.
- Eres un ángel guardián. Si no revisaras cada detalle no cantaría tranquila. Eres mi amuleto.

Le dio un beso en la frente antes de alejarse taconeando a fumar fuera con el saxo tenor. El roce de sus labios en su frente, le subió muy arriba por su suavidad, sin embargo el casto gesto de la rubia le dejó como siempre con un vacío extraño y amargo. Claire era mayor, habían pasado muchos años desde que la conoció y sin embargo era la misma chica que esperaba a su novio fuera de su clase de literatura. Se enamoró igual que en los libros que él leía para encandilar a sus presas. En menos de un segundo. En un instante. Y supo que todo había cambiado para siempre.
Los últimos dos años antes de conocer a Claire estaba pensando que era hora de sentar la cabeza. Elegiría alguna heredera de ojos azules y con poca ambición para formar familia. El típico caso de Pigmalión pero perfectamente estudiado. Tendrían algún hijo y él le sería infiel mientras no fuera demasiado ridículo ir persiguiendo a estudiantes. Después se retiraría en una gran casa heredada de sus suegros y tocaría el culo a la criada hasta que fuera demasiado mayor y tuviera que tocárselo a su enfermera.

Pero apareció ella. Con su novio. Alex lo vio como un rival y le colocó como ayudante en su departamento. No consiguió nada más que estrechar lazos con la pareja. Y poco a poco, cuando ese novio fue sustituido por otro, contra todo pronóstico, él continuó viendo a Claire. Lo que no esperaba era que ella, su risa, su voz, su pasión...fueran inmunes a los encantos de Alex. Y él resignado siguió a su lado. Conoció a todas sus parejas y leyó en su boda. Ahora era el padrino de uno de sus hijos. ¿Por qué? Porque la vida sin ella no tiene sentido. 
Puedes despertar por la mañana y beber café y ver las noticias. Puedes comprar el pan e ir al super a por la compra semanal. Ves películas y alguna vez sonríes. Otras lloras. Pero la verdad es que todo se reduce a una rutina mecànica y sin alma si ella no está cerca.
Por eso se hizo músico. Porque la necesitaba. Dedicó 20 horas al día durante años a practicar y aunque su técnica no era de las mejores, las notas que salían de sus dedos se habían convertido en un lamento por la ausencia de Claire o a veces en un canto a la alegría de conocerla. El virtuosismo que le faltaba lo suplía con pasión. Empezó a tocar bien. Y continuó tocando mejor. Se convirtió en mejor músico que profesor de literatura. Quizá porque cuando tocaba lo hacía con el corazón. Los críticos decían que le hacía el amor al piano. Que lo hacía suspirar y llorar a su antojo. Y así llegó a Claire. Tocaron juntos desde la primera vez que ella lo escuchó. “Tienes que estar a mi lado en el escenario” le dijo. Y él pensó que su recompensa por fin había llegado.
Si Claire era inmune a los encantos sexuales de Alex, ahora ya diezmados por el tiempo, cuando él tocaba sus sentimientos mezclaban la admiración, la fascinación y un poco de amor. Y sólo por eso, él vivía. Por ese momento en que ella dejaba el micro, se sentaba en el taburete y le miraba tocar. 
Había conocido la sensación de ser amado. Y la sensación de amar. Dicen que es la mejor sensación que existe. No estaba de acuerdo. Lo mejor es la reciprocidad. Y en esos momentos cuando le tocaba hacer el "solo" de insulsos standards del jazz, él los convertía en algo vivo y precioso. En un momento único. Era como cuando buceaba de pequeño en la piscina y salía a respirar. Esa bocanada de aire fresco, el sol cegando sus ojos, eso era Claire mirándole interpretar. Ese breve y fugaz momento en el que se sentía amado por el objeto de su deseo.
Y con eso le bastaba para sentirse el hombre más afortunado del mundo. Y con eso le bastaba para vivir.



miércoles, 27 de marzo de 2019

LOS INNOMBRABLES Y EL MÁRKETING POLÍTICO


Hay un viejo capítulo del Doctor Who donde se utilizan los nombres como fuente de poder. “Yo te nombro Martha Jones…” se convertía en una poderosa maldición. El Doctor dice que las letras combinadas tienen tanto poder como los números de una fórmula matemática. En la saga Harry Potter, el malísimo Voldemort era conocido como el “Innombrable”, porque al nombrarlo le dabas poder. Los dioses a quien nadie reza y a quien nadie recuerda, mueren. De hambre seguramente.
Oscar Wilde dijo que era mejor que hablaran mal de ti a que no hablaran en absoluto. Uno de los castigos famosos en los internados ingleses era mandar a alguien a Coventry, con lo cual el castigado era ignorado y aislado por sus compañeros.
Supongo que no basta con existir, hay que hacer saber que existes. ¿A dónde voy con toda esta reflexión?
Al marketing político. No voy a nombrar el partido que ha salido como una seta en medio del bosque y se ha colado en los medios como uno de los más ruidosos del panorama nacional. No hace falta nombrar a quien quiere premiar con la medalla del mérito civil a quien se tome la justicia por su mano. Ni a quien quiere que invocar a viejos fantasmas que no están tan muertos como creíamos. No vamos a hablar de quien quiere que junto con la crema hidratante y el rímel de recambio en nuestro bolso haya sitio para un revólver Smith and Weesson del 38. Y no voy a decir su nombre porque sin decirlo ya sabéis todos a quien me refiero.
Y con eso demuestro que todos esos “memes” burlándose de sus líderes, pintándolos como caciques paletos de otros tiempos, esos señores ocupan más del 50% (dato totalmente inventado por mí, estoy segura que es más) de nuestro tiempo en redes sociales o en cadenas televisivas y debates.
Aquí no deberíamos estar debatiendo sobre si llevar o no armas en el bolso legalmente, aunque a muchos les recuerde románticamente a una peli de Clint Eastwood. Deberíamos estar debatiendo el sistema de pensiones, la seguridad social, los pederastas eclesiásticos que se van de rositas mientras los políticos de bien siguen yendo a misa los domingos. Deberíamos preguntarnos por qué nuestro médico de cabecera tiene tan mal humor cuando nos atiende y cuando pedimos hora nos la dan para dentro de siete meses. Deberíamos debatir sobre lo que nos han quitado a nivel material y emocional. El dinero debería devolverse. La desesperanza anclada ya dentro nuestro será más difícil de curar.
No quiero hablar de política. Pero no puedo ignorar que vienen unas elecciones importantes en las que la campaña ya está siendo sucia y rastrera antes de empezar. Son nuevos tiempos, ahora la batalla se libra en instagram y en twitter. Hoy me decía un amigo que la derecha no se fragmenta en cambio la izquierda tiende a discutir internamente y así pierde. Y tiene razón. Divide y vencerás. Pero también creo que no hay tanto rico en nuestro país para que voten a un partido que no sé como tiene los santos cojones de presentarse en público o mirarse al espejo después de lo que ha hecho.
Votar es nuestra única arma. Pero investigar y votar con conciencia debería ser nuestra obligación.
Si en el post anterior hablaba de la importancia de romper el silencio ante las injusticias, en este me reafirmo en silenciar a los bufones, a los que usan una bandera como excusa para todo tipo de injusticias.
A Trump le salió bien. Y con él parece haberse abierto la veda. Parece que cosas que antes daban vergüenza, ahora son motivo de orgullo.
En un episodio de “Hotel Fawlty” nació la frase: “No nombres la guerra…” delante de los alemanes. Porque aún estaban avergonzados por ella. Añoro esos tiempos en los que aún se sentía vergüenza y arrepentimiento por el pasado.
Y así termino mi post político. Ahora es cosa vuestra. Votad. Votad a alguien que no os tenga que avergonzar más adelante. Silenciad al payaso.
Y naturalmente, sed felices.




viernes, 8 de marzo de 2019

NO ES MUJER CONTRA HOMBRE. ES LA VOZ CONTRA EL SILENCIO


Ser mujer está lleno de trampas. Debes ser femenina que se entiende como un sinónimo de delicada, pero fuerte porque el peso de todo siempre caerá sobre ti. Debes ser inteligente para demostrar que eres válida. Y saber hacerte la tonta cuando conviene. Debes casarte y tener hijos. Pero no dejes de trabajar porque también debes sentirte realizada. ¿Eres la jefa? Seguramente a costa de dejar de lado a tu familia. O a saber ante cuántos te habrás arrodillado. Y no lo digo con segundas. Digo claramente que si eres jefa, muchos van a entender que has cambiado favores sexuales por promoción laboral. ¿No estás casada? Seguro que eres lesbiana. O fea. ¿Quién te va a querer si estás gorda? ¿O si no te maquillas? Pareces un marimacho. Eres demasiado cursi. Si no tienes hijos pronto se te pasará el arroz. ¿Usted que tiene tanto éxito, cómo compagina trabajo y hogar? ¿Seguro que quieres una moto? Es muy de chicos.
Mi novia es “guarra, lo justo”, vaya que no es tonta pero tampoco ha ido con muchos. Señora en la mesa y puta en la cama. Solterona. Zorra. Buscona.

He oído muchas de estas frases en directo. Y debo decir con pena que muchas han sido pronunciadas por mujeres. Creo que la “hermandad” femenina está bastante echada a perder porque vivimos en un mundo donde las normas siempre han sido marcadas por hombres. No es que no haya habido mujeres fuertes e inteligentes. Es que la historia no nos ha hablado de ellas. Deberíamos pedirles perdón. A Hipatia de Alejandría, a Emilie du Chatelet, a Ada Lovelace, a las hermanas Brontë, a Jane Austen, a Gerda Taro, a Dorothy Parker, a Hedy Lamar, a Tamara de Lempika… y a millones de nombres más, que hicieron carrera y lograron grandes cosas pero que siempre tenían la coletilla de “es buena…por ser que es mujer”.

Creo que no se trata de que amablemente te digan que no te contratan porque no eres la indicada para el puesto. En el fondo eres mujer y mayor y por eso no te cogen. No se trata de enfadarte cuando te sujetan la puerta. O cuando alguien te dice guapa por la calle.
Se trata de que te den la misma oportunidad que a los demás. Que no debas ser dos veces mejor para justificar tu existencia o tu valía. Se trata de que si ves a alguien con minifalda no se ha buscado ningún tipo de abuso.

Soy rubia y no se aparcar, y me encanta que me ayuden con las maletas. También soy capaz de beber cerveza como un cosaco ruso y hacer buenos pasteles. Una cosa no quita la otra. Me gusta que me piropeen por la calle, suelo contestar. Y al salir por la noche he pasado miedo volviendo. No es culpa de los hombres, es culpa del imbécil que me siguió en coche invitándome a subir. Por suerte era época de móvil y le hice una foto, le dije que si no se iba la enviaba a la policía. El tipo me creyó y se fue. Pero podía haber bajado, arrancarme el móvil y reducirme. Y yo no me habría buscado nada. Igual que podrían haber atacado a un hombre por ser gay, rubio, ir solo de noche o simplemente porque el atacante es quien tiene la culpa, no la víctima.

El día 8 de marzo y todos los días, defiendo a la mujer pero sobre todo defiendo al ser humano. No es una lucha de hombres contra mujeres. Es una lucha contra situaciones injustas. Contra el silencio. Contra la intolerancia.

Feliz día de la mujer. 8M



miércoles, 6 de marzo de 2019

"GREEN BOOK" VS. "INFILTRADO EN EL KKKLAN"



Esta mañana me han aconsejado la película “Green Book”. La verdad es que la vi el día antes de que ganara el Oscar. Y cuando salí me sentí bien. Es una película amable y nos cuenta la amistad muy improbable pero cierta, entre dos personas una blanca y la otra negra. Viggo Mortensen con un claro sobrepeso no sé si para la película o porque su mujer cocina estupendamente, interpreta a un italiano pobre, listo (o más bien listillo) y racista. El ganador del Oscar al mejor secundario Mahershala Ali, interpreta a un talentoso músico negro que vive como un blanco. Os aclaro que la historia está basada en hechos reales y está ambientada en los años 60.
Viggo se queda sin trabajo y es contratado por el músico para que sea su chófer y asistente. El italiano aparca un poco su racismo en favor de un buen sueldo y empieza a conducir hacia el sur de Estados Unidos, hacia esas zonas donde un negro no podía cagar dentro de casa sino en una barraca para gente de color, normalmente situada en el jardín. Donde los blancos se creían una raza aria y privilegiada. Y donde la esclavitud fue abolida por ley pero sustituida por la esclavitud del trabajo mal pagado, donde con suerte si eras negro te convertías en parte de la familia, eso sí después del perro.
Green Book, es la guía escrita por el cartero de color Victor Hugo Green hacia 1936, para que un negro pueda viajar cómodamente y sin encontrar rechazo por la América de otros tiempos. Desconozco si la guía existe hoy en día para hispanos, gays o negros, porque gracias a Trump y los últimos resultados en elecciones más cercanas, volvemos a los 60.
Una de las anécdotas más comentadas de la gala de los Oscar, aunque no he visto ninguna imagen, ha sido la reacción negativa de Spike Lee al leer el sobre con la película ganadora.
Spike también optaba al premio por la impecable “BlaKkKlansman” (Infiltrado en el KuKuxKlan). Y entiendo y aplaudo absolutamente su reacción.
La película también basada en hechos reales explica la historia de un policía negro en 1979 que se infiltra en la organización racista. Explicada con toques de humor, muestra con mucha más crudeza una realidad demasiado cercana. Desde las charlas con los miembros del Klan, a algunos policías que no están contentos con tener un compañero negro, Spike Lee hace una fotografía de una sociedad que debería avergonzarnos.
Al terminar de ver la película, tenía la piel de gallina y me sentí triste y asustada.
Si la primera para mi es una historia bonita y fácil de ver, sobre cómo la gente muy diferente se acerca y se influencia mutuamente hasta descubrir que tampoco son tan distintos; la segunda película te dice que nunca podrá haber este acercamiento porque gritamos demasiado y porque ponemos barreras donde no deberían estar. Uno de los mejores momentos de la película de Lee, es la charla de Harry Belafonte, donde explica como en momentos de crisis es fácil culpar al desfavorecido.
Y después pongo las noticias y sí, veo que es sencillo culpar a alguien de nuestros problemas. Fácil y conveniente. ¿A quién conviene? Deberíamos estudiar esto antes de ponernos a gritar como animales. La realidad es que nos mueven en base al odio. No tenemos trabajos porque nos lo quitan los de fuera. Las ayudas y los servicios se lo llevan los de fuera que vienen a acabar con nuestra sociedad de bienestar. Y estamos convencidos de que el problema siempre lo tienen “aquellos que no piensan como yo”.
Mientras tanto, hay alguien a quien le encanta que estemos enfurecidos, porque la rabia no dialoga ni piensa.
Para terminar mi discurso que no quiere ser político ni enfadado sino humano, os aconsejo que veáis y disfrutéis las dos películas.
“Green Book” os acercará a la humanidad. “Infiltrado en el KKK” os acercará a la realidad.
Y para despedirme os dejo una canción de Oscar Peterson al piano. Porque últimamente me persigue y como alguien me aconsejó sabiamente lo mejor en este caso es dejarme atrapar. Hasta la próxima, sed felices.



martes, 19 de febrero de 2019

LA MUERTE DE OPPORTUNITY. LA AGONÍA DE LA HUMANIDAD


La semana pasada el robot Opportunity que estaba de viaje de trabajo por Marte, murió. Esto me plantea preguntas como: ¿puede morir algo que nunca ha vivido? Y ¿lo tenían previsto?
Quiero decir que me apenó mucho que muriera la perrita “Laika” y empecé a imaginar cómo fueron sus últimos momentos. Pero eso era una cosa que ya se sabía. No había plan de vuelta.
Nos encanta el drama. Y como plaga que somos nos encanta humanizar todo lo humanizable. Las redes sociales hace unos días estaban llenas de fotos con lo que hubieran sido los últimos pensamientos del robot Opportunity. “Mis baterías están bajas y todo está oscuro” o “Voy a cerrar los ojos para esperar a que lleguéis, porque sé que vendréis a por mí chicos”.
¿Sabéis que el difunto robot tenía un gemelo que se llamaba Spirit? Y que también “murió” en Marte. No están solos, desde el planeta rojo nos manda también noticias Curiosity el rover que funciona con otro tipo de batería que tiene un pequeño reactor nuclear y no depende del sol.
Estos tipos de robot llamados MER, Mars Exploration Rover, son del tamaño de un carrito de golf y creo que les ponemos sentimientos porque nos recuerdan a la película “Wall-E”.
O quizá porque la gente se ha acostumbrado a bloquearse sentimentalmente y necesitan humanizar cosas inanimadas para sentir.
Que cualquier tipo de máquina deje de funcionar, podría afectar a sus creadores, al señor que está en contacto con ella y abre los mensajes con foto o a los niños que realmente creen que los robots sienten como ellos.
Pero que nos afecte a nosotros me preocupa un poco. No perdamos la perspectiva. Si utilizáramos la compasión, empatía o pena que sentimos ante esta situación, con situaciones más cuotidianas el mundo iría mejor. Quiero decir que el mundo y la gente somos una paradoja gigante.
Lloramos porque un robot muere, porque jubilamos nuestro coche o porque el teléfono se nos ha caído en un charco. Mientras tanto negamos cualquier sentimiento de empatía o pena a otros humanos e incluso a animales.
Los toros ¿hay algo más cruel que ir mutilando a un ser vivo hasta su muerte mientras se aplaude la supuesta maestría del asesino? Los incendios provocados en bien de intereses económicos. Las guerras. Las pocas subvenciones a la ciencia. La mala situación de sanidad y cultura. Las crisis económicas como excusa para la esclavización. Las violaciones. Los malos tratos. La pena y el silencio. El terrorismo. La soledad de la tercera edad. La soledad a nuestro alrededor. El hambre. La incomunicación en un mundo donde te pasas la vida conectado para comunicarte. Las pateras llenas de esperanza que se han creído que aquí vivimos en un mundo mejor. Las pateras donde mueren gente y sueños. La lucha por la vida que se ha convertido en la lucha por la supervivencia.
Sí, hay muchas cosas para llorar si tienes ganas de llorar, la pena es que a veces lloramos por las razones equivocadas.
La pena es haber normalizado la pena. Haber normalizado la desesperanza y la miseria y no ser capaces de sentir hasta que no nos mojamos los pies.
Por ahora y que yo sepa, los robots no sienten. La inteligencia artificial no ha llegado a ser inteligencia emocional. Siempre pienso que el día que las máquinas estén dotadas de sentimientos se rebelarán contra nosotros y nos masacrarán. Y lo harán con  toda la razón del mundo ya que el lado oscuro del ser humano ha ganado. Y hemos pasado de construir robots a robotizarnos nosotros mismos. Y si perdemos la compasión merecemos lo que nos pase.
Es por eso que decido a partir de hoy y conscientemente cambiar mi sistema de creencias y volver a creer en el ser humano. Creo que mientras hay vida hay posibilidad de mejorar, así que empiezo a apreciar y difundir los pequeños gestos que un día evitarán grandes batallas. Desde ayudar a cruzar la calle a alguien, abrir las puertas y saludar a hacer algo por pequeño que sea para mejorar el mundo día tras día. Seguiré pensando que puedo hacer para dejar un mundo mejor del que encontré. Al fin y al cabo no hay nada más humano que la esperanza.  
Hasta la próxima y sed felices.



lunes, 4 de febrero de 2019

¿HACEMOS UN CINE? SOROGOYEN Y VON TRIER


Hace siglos que no os hablo de cine, así que hoy os llevo de la manita a una sala oscura para comentar un par de películas que he visto últimamente.
Aunque me encanta el cine, no tengo ni la cultura necesaria, ni el morro suficiente como para autoproclamarme cinéfila. Así que mis crónicas de cine son un poco para el espectador medio. O sea para gente como yo que en una tarde puede ver una historia de Marvel, una comedia de Pixar o una cinta tailandesa que hable del vacío existencial y donde llueva mucho cuando los personajes sufran.
Como este fin de semana se han celebrado los Goya vamos a empezar con un poco de cine patrio.
“El Reino” dirigida por un señor con barba que se llama Rodrigo Sorogoyen y del que no he visto nada más. Cosa que pienso arreglar muy pronto. Empieza la historia con una comida de amigos, que luego ya ves que son amigos de partido, que trabajan en esa clase de política que da dinero. Y que en cuanto terminan la carrera sirviendo al pueblo se van de presidentes de alguna gran multinacional. En medio de la comida sale por la tele un señor, también político que promete acabar con la corrupción dentro de su partido. Que también es el de ellos. Como ya han pimplado un poco se chotean del señor de la tele y hacen imitaciones en plan Chiquito mientras se ríen de sus propias gracias. Solo José María Pou, que es así como el “super” les advierte con un “menos risas” que suena como el “winter’s coming” de Juego de Tronos. A partir de ahí, vemos un ratito lo bien que viven los políticos profesionales. Pero como a cada cerdo le llega su San Martín, llegan también las imputaciones y los nervios. Y cuando al protagonista le toca pringar, se dice, yo no caigo solo, vamos a pringar todos. Cositas a comentar. Primero, no me gusta que en los restaurantes haya una tele puesta. Les quita categoría y corres el riesgo de quedarte mirando la noticias y que te amarguen la comida o puede ser peor, pueden poner Tele5 y entonces ya se merecen una multa. Y segundo, no os he dicho que el prota absoluto de la película es Antonio de la Torre, pero es que no hace falta porque la verdad es que no me imagino a nadie más que entre tanto en el papel que si me lo encuentro al salir de la peli le pego un bofetón. Por cierto, se ha llevado un Goya a casa. Merecidísimo.
No voy a decir nada más de esto, sólo que hay que verla antes de las elecciones. Y hay que tomarla en serio, porque si nos creemos que es ficción, corremos el peligro de normalizar la corrupción y ya vivimos en una sociedad que ha normalizado la violencia en muchas de sus variedades. No podemos permitirnos más.

Segunda película a recomendar. A veces, sólo a veces veo cosas que me fascinan. Y eso me pasó con “La casa de Jack” del señor Lars Von Trier. Que ahora me leéis y pensáis, pues anda que no es intelectual si va a ver esos leñazos europeos que duran más de dos horas. Error. Yo no elegí la película, aunque confieso mi curiosidad desde que vi que la estrenaban. La eligió mi pareja y como la última vez que elegí yo, el pobre se tragó “El regreso de Mary Poppins” con las canciones dobladas y no protestó...pues nada que le tocaba elegir a él.
Vamos por partes. Tiene algo de comedia. Abrid la mente que no es una comedia de Dani Rovira. (Aunque confieso que yo nunca me río con Dani Rovira). Pues el humor negro del señor Von Trier se nota en muchas cosas, pero no es lo más importante de la película. Otra cosilla que me gustaría aclarar es que tampoco soy muy fan de este director. Así que el hecho de que me guste le añade mérito al asunto.
Al tema. Jack es un señor que vive detrás de una gafas metálicas que se llevaban a finales de los setenta y que ahora vuelven a estar de moda y te dan un look de un nerd informático aficionado a los juegos de rol y que saca diez en mates. La peli, que sí está ambientada al filo de los setenta y los ochenta, es una conversación con un señor que se hace llamar “Verge” pero creo que nos la cuela y no se llama así y el Jack del título. Pues Jack le cuenta que él es un asesino en serie y elige 5 incidentes aleatorios para ilustrarle como se siente cuando mata y porqué lo hace como lo hace. Lo que pasa cuando escuchas a dos buenos conversadores es que te seducen absolutamente y por unos minutos te olvidas que uno de los que habla es un ser oscuro y diabólico que no siente ningún remordimiento a la hora de matar. Entre incidente e incidente se habla de arquitectura, de belleza, de sentir, de vino y de Goethe. La música es casi un personaje más de la peli y te ayuda a que una cinta de dos horas y pico te pase la mar de bien.
Cosillas a comentar: Lars, las mujeres que salen en tu peli son imbéciles. La primera era tan insoportable que incluso empaticé con el asesino. Las otras simplemente eran un poco cortas. Igual que los policías de la peli, que son más tontos que hechos de encargo y seguro que lo más cerca a un test de aptitud que han pasado es atarse los cordones de un zapato.
No cuento nada más que tampoco quiero spoilear y añadir mal karma a mi mochila. Sólo recomiendo que hay verla.
Esta vez me he pasado en la longitud del texto, pero como es cine, se que me entenderéis. Os dejo con una canción que me gusta y que llevo tarareando desde hace rato. Y naturalmente a parte de ir al cine también tengo otra recomendación: Sed felices.




martes, 22 de enero de 2019

LA TINTA DE PETER PAN


Cuando yo iba a E.G.B había una especie de transición entre pequeños y no tan pequeños. Recuerdo vagamente, que dentro de un estuche de color verde, tenía un lápiz y una goma. También un sacapuntas y dos bolígrafos uno azul y otro rojo.
Al principio, los bolígrafos eran para copiar los enunciados, en rojo escribías el número del ejercicio y en azul la pregunta. Lo solíamos resolver siempre a lápiz. Porque equivocarte era lo normal cuando vas aprendiendo. El lápiz y la goma MILAN te daban esa seguridad que ahora daría la pantalla y el CTRL+Z. Pero a medida que te hacías mayor, ya guardabas sólo el lápiz para las matemáticas. En las lenguas, en sociales o en naturales contestabas en bolígrafo. Azul, ya que el rojo era el malo, con el que tenías que marcar las equivocaciones.
Ese paso, de niño a no tan niño, tenía mucho más de lo que parecía. En los libros ya había más letras que dibujos y debías estar más seguro de tu respuesta, ya que no había marcha atrás. Salieron unas gomas que borraban tinta. Naturalmente yo di la tabarra hasta que me la compraron. Era rosa y azul. Supuestamente la parte rosa era para el lápiz y la azul para la tinta. Más que borrar, lo que hacía es un raspado al papel que solía primero emborronar y luego hacer un agujero. Así que debías prestar igualmente atención, tanto a tus respuestas como a tus correcciones. Mucho, mucho tiempo después salió el típpex, ese líquido que parecía un pintauñas y que olía mal, pero mal. Si no eras muy cuidadoso, la hoja de tus ejercicios pesaba más que lo normal, por la cantidad de líquido que utilizabas. Ahí me di cuenta que aunque no quieras, los errores siempre pesan. Siempre creí que el típpex en su primer formato era para los pequeños errores. Para los grandes lo mejor era volver a empezar de cero.
Hoy existe la tinta borrable. Han mejorado la fórmula y si no aprietas mucho al escribir tus errores no suelen notarse.
Eso tiene un problema. Los niños no han pasado la evolución de sentirse adulto cuando el primer día de clase te dicen “En este curso utilizaremos los bolígrafos, guardad los lápices para plástica y para cuando haya que dibujar el sistema respiratorio en Ciencias”. Y entonces el sentimiento que tenías era que ya eras mayor y que a partir de ese momento la vida ya iba en serio.
Que la tinta sea borrable, puede ser bueno. Les da a los chavales la oportunidad de rectificar y aprenden que con un error no se termina el mundo. Sin embargo, también se acostumbran a vivir con esa comodidad del CTRL+Z, de nada tiene consecuencias.
Soy adicta a comprar bolígrafos. Las papelerías me dan esa especie de paz zen que otros encuentran en una pastelería o en una tienda de zapatos. Pasaría horas eligiendo un bolígrafo. Esos pequeños tubos con palabras encerradas a punto para salir. Uno de mis favoritos tiene la tinta marrón. No ha triunfado mucho ya que me cuesta encontrarlos. No se puede borrar. Así que hay que pensar antes de escribir. Igual que hay que pensar antes de hablar. La tinta borrable nos ha quitado las pausas. Y puede que la prudencia. No sé si para bien o para mal, pero hoy en día manda la inmediatez. El primer pensamiento. Recuerdo un libro de Carmen Martín Gaite, “Nubosidad Variable” donde aconsejaba que una vez algo estuviera escrito no debía borrarse. Lo que habías escrito era el primer impulso, lo que de verdad piensas. Nunca he seguido ese consejo, reconozco que aunque en mi faceta personal sí soy de escribir lo primero que me pasa por la cabeza, en los textos “literarios” soy de escribirlos mil veces y en muchas ocasiones mueren en una de las mil correcciones y nunca ven la luz. Puede que eso sea un poco mi manera de ser. Muchas veces dirías cosas, incluso te imaginas diciéndolas pero callas, porque una vez dichas no existe la marcha atrás. Siempre pienso en el dilema de la Entropía, puedes deshacer un terrón de azúcar, pero no hay marcha atrás, no puedes hacer que vuelva a ser un terrón.
La lengua y la pluma son armas peligrosas. Y debes cuidar tus palabras como un paisajista que cuida su jardín. Buscar armonía.
Hay que ver lo que da de sí una tarde de lunes mientras ves que todos los bolígrafos de los niños son de tinta borrable.
Me planteo si hemos sido una generación afortunada por la falta de inmediatez de las cosas, por el gusto por las lecturas un poco más pausadas, por el tiempo que te tomabas en buscar una palabra en el diccionario o si por el contrario nos hemos perdido un poco de vida por el miedo a equivocarnos. Me pregunto si la generación millenial, que ahora ya está teniendo problemas propios de la adultez notará que les ha faltado tiempo de reflexión. O si sienten que les ha faltado niñez o por el contrario son eternos Peter Pan que se niegan a crecer y creen poder borrar todas las respuestas equivocadas.
Ahí lo dejo. Es invierno, hay niebla tras la ventana y hace frío, así que no os extrañe que el post me haya salido un poco introspectivo. Hasta la próxima, sed felices.



lunes, 14 de enero de 2019

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA.


La obsolescencia programada es un invento tecnológico. Para los pocos a los que no les suene la expresión imaginad que vais a una tienda y os compráis un móvil y el dependiente intenta colocarte uno de 700€, porque el señor está haciendo su trabajo y te dirá que vas a alucinar con la definición de la pantalla y la rapidez que notarás en cuanto lo compares con tu viejo teléfono, lo que no te dice es que al cabo de un par de años como mucho, el móvil ya no te servirá, y por cierto, si te gastas 100€ tampoco te va a servir. Cuentan por ahí que hay un número limitado de recargas de batería y en cuanto las has cumplido tu Smartphone se convierte en un minirobot triste incapaz de cumplir con su cometido. Es muy probable que no llegues a los dos años, al año y medio las actualizaciones no te funcionaran, no te quedará espacio y la duración de la batería será de un café largo mientras consultas Instagram.
No sólo son los móviles, también los coches, las televisiones, los frigoríficos y los microondas. Es todo. Además los señores de marketing trabajan mucho y muy bien para que cuando nos tengamos que comprar cualquier cosa de nuevo debido a la obsolescencia, no sólo no nos enfademos sino que estemos felices de hacerlo. La novedad de la tecnología nos alegra tanto que nos olvidamos absolutamente que somos un rebaño de pringados a quienes nos venden necesidades inventadas.
Recuerdo cuando yo era pequeña y mi abuela después de comer se sentaba a ver una teleserie. Le cogía cariño a los personajes y cuando no salía alguno que le gustaba decía “hoy Des no ha salido, a ver si viene mañana”. (Por cierto, la telenovela en cuestión es “Neighbourgs” una versión australiana y soleada de “Eastenders”). Cuando me di cuenta que para ella aquello era tan mágico como tener un cine en casa, la ventana al mundo con la que yo ya había nacido, pensé que esa mujer que iba a lavar al lavadero comunitario de Tremp y que no tenía agua corriente en su casa de recién casada, había vivido el boom tecnológico y que yo no sería capaz de ver cambios así.
Pues cuando un niño me preguntó qué miraba yo en Netflix de pequeña y le dije que cuando yo era pequeña no había ni internet, ni Netflix y si me apuras ni ordenadores, ya que yo aprendí mecanografía en una vieja Olivetti azul de mi padre, el chico me miró sin entender. La confusión de su cara fue épica. Y después de hacerle entender que no viví pintando bisontes en cuevas y arrancando sus pieles para taparme en invierno, pues se quedó un poco más tranquilo. Pero yo me di cuenta que sí era un poco como mi abuela con la tele. He vivido cambios y me han creado necesidades sin las que no puedo vivir.
Creo que el niño ya no me ve como a una igual. Me ve como a una superviviente de una época oscura que lucha por ponerse al día y no quedarse atrás en cuestiones tecnológicas. Bueno, la verdad es que le doy clases de refuerzo y el niño no es tan listo, seguramente ya ni se acuerda de la conversación que mantuvimos.
Lo que sí quiero decir es que la obsolescencia programada ha pasado del terreno tecnológico al humano. Lo viejo no gusta. Hay que escuchar las voces jóvenes porque son los reyes de la logística y dicen cosas en inglés como “target”, “mainstream”, “hater”, “poser” y “coffebreak”.
Pero no saben quién es Quevedo. Odian el Quijote por aburrido, la música clásica es un leñazo de antiguos y de historia mejor ni hablemos.
Veo que estamos delante de un peligroso abismo, donde sea la tecnología, sea la educación recibida nos lleva por un camino que irremediablemente va hacia Villadesastre. Y es que hoy a la gente se le ha olvidado recordar. No solamente a los jóvenes, los adultos y los viejos también rezamos a los dioses de Neón o de Led. Son dioses fugaces y crueles que se renuevan periódicamente y nos obligan a no apartar los ojos de las pantallas.
Pese a todo lo que he escrito soy una auténtica fanática de la tecnología, aunque me pregunto si es sólo un arma para no sentirme del todo mayor, para sentir que sigo en el juego. 
Quiero pensar que no, porque aunque domino las redes a nivel de usuario igual que un crío de 16 años, de vez en cuando miro al cielo y le sonrío a la luna. Sin ninguna aplicación que me guíe ni me diga el nombre de las constelaciones. Y me hipnotizan los colores sin filtros de las puestas de sol. El silencio de la nieve cuando cae. O conocer los secretos de las piedras de las catedrales rozándolas con la yema de mis dedos. 

Mi consejo para este 2019 es que no os creáis que la obsolescencia programada también existe para los humanos, escuchadlos sin verlos como robots anticuados e inservibles, porque más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Os dejo con música bonita para los que quieran disfrutar algo de la era pre-internet aunque paradójicamente lo escucharan gracias a la tecnología.
Hasta la próxima, sed felices.



3. MÚSICA Y HUMO EN EL COCHE

La yaya de Patri tenía dos cosas muy claras. Una que el mundo se iba a la mierda. Dos que ya no quedaba nada interesante por ver. Una muje...