lunes, 14 de marzo de 2016

Los villanos no son lo que eran. Son mejores.

Cuando yo era pequeña, reconocías al malo de la película fácilmente porque solía ser feo, a veces llevaba bigote y bebía perdiendo las maneras y atacando prostitutas en el “Saloon”. Sí, en las pelis del Oeste de "Sesión de tarde", había mucha puta en el Saloon. Al final, la pobre fresca, empezaba una nueva vida en San Francisco. Y el protagonista se casaba con una casta hija de granjero y se quedaba a echar raíces en el pueblo, que ya estaba cansado de tanto rancho recalentado y solitario.
Pero los malos han evolucionado hasta el punto que ahora, o no los reconoces hasta el final, o son más sofisticados. El primer villano del que tengo recuerdo consciente es Eduardo Noriega en “Tesis”, ese encantador de serpientes que se dedicaba a hacer “Snuff movies”. Aunque sea rubia, por una vez, fui lista y a mí me encandiló el antihéroe, la verdad es que me conquistó ese Fele Martinez tan raro y friki, que al final resulta que es el bueno.
Otro de mis malos favoritos es Roger “Verbal” Klint, en “Sospechosos Habituales”, y es que como dicen al final de la película: “El mejor truco del diablo es hacerle creer al mundo que no existe”. Sí, os he hecho un pedazo de spoiler, pero si a estas alturas no habéis visto esta película, es culpa vuestra.
Los malos ya son más difíciles de reconocer, porque ahora les han añadido cinismo. Buena educación. Y muchas veces dinero.
Desde que las series pasaron a ser verdaderas obras de arte, nos han regalado villanos adorables que no sabes si los temes o los quieres de mejores amigos. Tony Soprano, ese mafioso de New Jersey que mataba sin remordimientos, pero tenía ataques de ansiedad e iba al psiquiatra. El egoísta y manipulador Don Draper de “Mad Men” y su media sonrisa de vuelta de todo. Heinsenberg en “Breaking Bad”, la evolución de un pobre hombre a un tío con un par. Jaimie Lannister, el matareyes de “Juego de Tronos”, que ya me empieza a caer bien y todo. Pam de “True Blood” y su absoluta fidelidad a su jefe/creador. Dexter, ese psicópata con buenas intenciones. O la serie "Scandal" donde te reto a que identifiques al más villano de todos.
En fin, que lo que han hecho los guionistas es crear una red emocional que hace que en muchas ocasiones sintamos más empatía por el villano.
O que veamos situaciones en que el malo y el bueno no sean papeles tan definidos. Cosa que me parece mucho más interesante.

Hoy os dejo para que penséis en quién son vuestros malos favoritos, y lo podéis hacer con este fantástico tema de Jim Croce “Bad bad Leroy Brown”, de cuando los malos llevaban bigote y se reconocían por sus malos modales.
Sed felices y no os confiéis mucho, estoy convencida de que el diablo sí existe y a veces vive dentro de nosotros. 




viernes, 4 de marzo de 2016

La belleza.

Inaugurar el mes de Marzo con una maldita y dolorosa conjuntivitis me hizo apreciar todos los colores del arcoíris. Sí, en cuanto estuve mejor me puse a repasar mentalmente todas las cosas que realmente me han dejado con una sensación de belleza absoluta y felicidad supina.
Sin orden alguno ahí va mi lista de placeres visuales.
Un café servido en una mesa de “Les Deux Magots” en París. En serio. La mesa redonda, el café corto, y el vasito de agua, el carrito de postres que no probé y los músicos de Dixie tocando en una esquina de Saint Germain, hicieron un poema visual y sensitivo que quedó en el disco duro de mi memoria. No os aconsejaré que vayais, ya lo hice y fue un error. Me dijeron que era un café caro y punto.
Sigo en París. Esta vez en la Saint Chapelle. Cuando entré estaba nublado y mientras miraba con ojos muy abiertos los vitrales, salió el sol. Se oyó un murmullo general. Sí, casi suelto una lagrimilla y todo. Mi hermana me dijo que si en ese momento no creyó en Dios, se declaraba agnóstica por los siglos de los siglos. Por cierto, las mismas personas que creyeron que el café, era caro en Deux Magot, pensaron que me había burlado de ellas al aconsejarles la visita a la Saint Chappelle. Supongo que no todos tenemos los mismos gustos. Así aprendí que no hay que aconsejar ningún sítio, lo que para mí es mágico para ti puede ser una cosa cuotidiana.
Un vuelo a Amsterdam sobre un mar de nubes que cubría media Europa. Saber que el sol estaba allí arriba, fue una imagen que me ayuda a lidiar con todos los días nublados de mi vida.
Las Cariátides del museo de Atenas. Las de verdad, las que están encerradas en vitrinas. Yo iba saliendo del museo pensando “¿Y las cariátides, ya me las he perdido?” Entonces me di la vuelta y casi me caigo. Allí estaban, serenas, relegadas de su antigua función de columnas y condenadas a ser maniquíes admiradas por todos los que se deciden a entrar al museo.
La puerta de Ishtar, en el museo de Pérgamo de Berlín. Soy así de fácil. Aquel azul siempre me ha podido.
Y ya más cerca de casa, los atardeceres de verano en la Vall de Boí. Hay un bar con terraza justo al lado de la iglesia románica de Sant Climent de Taull, donde cada tarde la naturaleza te regala algunos de los mejores atardeceres que he visto.
Bien, me despido hoy con cierta alegría. Creo que todos vemos lo que queremos ver, y yo elijo lo sutil y la belleza en todos los momentos que pueda disfrutarla. Os dejo con Tom Waits recitando una pieza de Bukowski, que resume exactamente lo que quiero decir. Nirvana. Sed felices y no os perdáis la magia.











EL ÚLTIMO CAFÉ

Recupero una ficción que empecé hace mucho tiempo y quedó encallada. De momento son capítulos sueltos que se pueden leer, sin más expectat...