lunes, 4 de junio de 2018

DESMONTANDO A MARILYN.



El 1 de Junio de 1926, nace Norma Jeane Mortenson, que luego sería conocida como Norma Jeane Baker,  con la ignorancia absoluta que un día sería leyenda.
Norma Jeane tuvo una infancia difícil. Como casi toda leyenda que se precie.
Poca cosa podemos añadir a su comentada biografía. Sus matrimonios por ejemplo. Recuerdo que cuando yo era adolescente vi una foto de Marilyn con uno de sus maridos, Arthur Miller. Y pensé ¿Qué tendría ese hombre desgarbado para atraer a una mujer como Marilyn que podría estar con quien quisiera? Después crecí un poco y leí “Muerte de un viajante” y pensé ¿Qué tendría Marilyn para atraer a Arthur Miller?
Mi idolatría por Marilyn llegó tarde. Yo era muy fan de Rita Hayworth. También de Ginger Rodgers. Para mí, el cine clásico no entendía de épocas, sólo era clásico. La absoluta veneración por la rubia me viene de su personaje Lorelai Lee en “Los caballeros las prefieren rubias”. Siempre creí que en el fondo Marilyn era Lorelai. Cuando me leí el libro de Anita Loos, vi que el personaje era mucho más complejo que en la película y me reafirmó en mi teoría de que Marilyn siempre fue Lorelai Lee.
No imagino las guerras que debió lidiar la rubia en la época de latón dorado de Hollywood. Creo que era un tiempo lleno de Harry Weinsteins por todas partes. Una de sus frases más famosas es “En Hollywood pueden llegar a pagarte 1000 dólares por un beso pero tu alma no vale más de 50 centavos”.
Fue nombrada “Miss Alcachofa” en 1947 en Castroville, California. Su bebida favorita era el Dom Perignon 1953. Era una tardona compulsiva y tuvo serios problemas con muchos de sus compañeros de profesión debido a su actitud de Diva. Su madre era una enferma mental y esa sombra siempre planeó encima de la cabeza de Marilyn con el miedo a que ella hubiera heredado tal enfermedad. Le encantaban los animales y Frank Sinatra le regaló un perro cuando se divorció de Joe DiMaggio, le puso “Maf”, de Mafia. DiMaggio traía flores a su tumba cada semana, como le prometió si ella moría antes que él. Era una mujer culta y se sentía fascinada por la gente inteligente. Leía mucho, escribía poesía y coleccionaba arte. Le gustaba el perfume “Chanel nº 5” cosa que nunca he podido llegar a entender. Fue amiga de Truman Capote. Amante de un par de Kennedys. Y considerada una bella tonta por muchos de sus fans. Ingresó en el Actor’s Studio y recibió clases de Lee Strasberg. Fundó su propia productora y nunca estuvo tan bien pagada como puedas imaginar.
Pero ¿Y la Marilyn humana? Algunas cintas de su último psicoanalista salieron a la luz, revelando una mujer atormentada y llena de miedos. Una criatura insegura.
Su última cena se la trajo Jean Leon a su casa, su plato favorito fetuccini y vino.
Dicen las malas lenguas que una vez Marilyn le propuso matrimonio a Albert Einstein y le dijo “¿Se imagina un hijo nuestro con mi belleza y su inteligencia?” A lo que el físico respondió “Temo que el experimento saliera al revés con mi belleza y su inteligencia”. Nadie habla del alto coeficiente intelectual de la rubia, que algunos dicen era superior al del científico.
Con ella comparto algunos puntos comunes: como su color de tinte, su amor por los animales, algunas inseguridades y su gusto por los hombres listos. No nos engañemos, preferiría compartir sus medidas, su talento y su inteligencia. Pero así son las cosas.
Muchas teorías de la conspiración han hecho correr ríos de tinta a partir de su turbia muerte. Suicidio, asesinato o mala suerte, el caso es que Marilyn se marchó sin despedirse y eso siempre sienta mal. Sin embargo para mí siempre será una de las inmortales del cine. Poco valorada y más famosa por detalles superficiales que por su verdadero yo. No hay duda de que Marilyn fue un gran personaje, quizá el mejor de Norma, su gran interpretación, ojalá su guión hubiera tenido más  páginas.
Hoy no voy a alegraros el final del post con una canción sino con un clip de mi personaje preferido. Disfrutad de la vida. Superad los malos ratos. Bebed vino y tomad el sol. Nuestro tiempo es limitado. Sed felices.  



jueves, 24 de mayo de 2018

ELEMENTAL MI QUERIDO IGNATIUS


Creo que más de una vez he cantado a los cuatro vientos mi casi irracional, infantil, incondicional e icónico amor por el detective Sherlock Holmes.
Sir Arthur Ignatius Conan Doyle (sí, Ignatius) nació un 22 de mayo de hace 159 años. Con tal excusa, como si necesitáramos una excusa, hoy me dispongo a parlotear un poco sobre él.
Creo que me hubiera llevado bien con ese señor. Aunque era médico e intentó encaminar su vida profesional en este campo, según él la falta de pacientes que entraban en su consulta le daba el tiempo necesario para dedicarse a escribir.
Entre algunas curiosidades: le dio clases de golf a Ruyard Kipling; fue uno de los primeros aficionados al esquí que practicó en Davos donde fue a vivir para intentar mejorar la salud de su primera esposa Louise; su vida espiritual era compleja como debe ser, no os fieis nunca de alguien que siempre esté seguro de estos temas; aunque fue criado con cierta religiosidad, la abandonó para volver a ella después de la muerte de Louise y coqueteó con los temas parapsicológicos llegando a ser socio del “The Ghost Club” donde se codeaba con Houdini, otro de mis iconos. Sé que cuando hablo de espiritistas y parapsicología os vienen a la cabeza los programas de madrugada del tarot, pero nada más lejos. The Ghost Club era una asociación nacida en Cambridge, algunos de sus miembros conocidos fueron escritores y poetas como Charles Dickens y W.B. Yeats y otros fueron hombres de ciencia como  Charles Babbage o William Crookes.
Pero volvamos a Conan Doyle, quien fue el padre de la “criatura” más famosa de la literatura policíaca con permiso de Miss Marple y Hercule Poirot. La primera historia donde apareció Sherlock fue “Estudio en Escarlata” el año 1887. Y allí empiezan a compartir el piso 221B de Baker St. nuestro Holmes y el Dr. Watson, siempre bajo los atentos o no tan atentos cuidados de la Sra. Hudson que era su casera. Se comenta que hubo un predecesor del famoso detective que fue creado por Edgar Allan Poe y que se llamaba Auguste Dupin, aunque no llegó a tener la fama de Sherlock, sí que compartía ciertas habilidades con él. Conan Doyle sin embargo, afirma haberse inspirado en un profesor que conoció mientras estudiaba medicina, precursor de la ciencia forense, mente lógica y analítica y poeta aficionado, llamado Joseph Bell. Curiosamente los creadores de la serie “House M.D.” también dicen haberse inspirado en él para la creación de su personaje. Aunque yo siempre pensé que era un homenaje a Sherlock.
Conocí a Holmes siendo adolescente y cuando lo leía siempre pensaba que en realidad el detective era un “alter ego” del escritor; y me pasaba lo mismo con Pepe Carvalho y Manuel Vazquez Montalban.
Hay que reconocer que había muchas trampas en las historias de Sherlock Holmes, las pistas eran casi siempre visibles sólo para el detective dejándonos a los lectores como simples admiradores de su inteligencia y observación y sin poder participar en la adivinación de quién era el asesino. Sin embargo si algo es capaz de seducir es la inteligenci, así que mi corazón estaba a veces dividido entre Sherlock y su eterno enemigo Moriarty.
La relación amor odio que tenía Doyle con Holmes llegó a tal punto que una vez lo dejó morir junto a su archienemigo en las cataratas de Reichenbach, la gente en Londres llevaba crespones negros en señal de duelo, la familia real británica expresó su consternación y Doyle que en principio se negaba a revivir a su hijo literario, decidió  resucitarlo en la siguiente novela, al fin y al cabo había que comer.
No voy a hablar hoy de las adaptaciones cinematográficas y televisivas, que las hay, buenas y algunas insultantemente malas. Hoy me quedo con el aroma de los libros de papel. Dato curioso (para mí) nunca he leído una historia de Sherlock Holmes en mi ebook.
Voy a dejaros con alguna de las brillantes frases del detective de los libros. Entre las cuales no está “Elemental Querido Watson”, eso es cosa de las adaptaciones. A ver si os tiento y os animáis a leer alguna.

“No hay nada más engañoso que un hecho evidente”
“Usted ve, pero no observa”
“Nunca supongo. Es un mal hábito, destructivo para la facultad lógica”
"Me horroriza la aburrida rutina de la existencia. Tengo ansias de exaltación mental"
“Me llamo Sherlock Holmes y mi trabajo consiste en saber lo que otros no saben”

Os dejo hasta pronto y aunque este post tenga sabor de taza de té y niebla tras la ventana, yo tengo ganas de verano y buen tiempo, así que os regalo el verano que nos describió Vivaldi que eso siempre alegra el alma. Sed felices.



lunes, 14 de mayo de 2018

EJERCICIO PRÁCTICO DE ESCRITURA


Hace días que tengo a las musas de morros porque no les hago demasiado caso. Y no se me ocurren temas para escribir. Así que propongo un juego. Coge el libro que tengas a tu lado o el que tengas más a mano. Abre una página al azar y lee la frase. Escribe sobre eso.  Si no quieres escribir, habla sobre lo que has leído. Sin trampas.
“Con Himmler no era necesario mantener conversación: siempre era él quien hablaba.”
El libro es “La cocinera de Himmler” y a pesar de su buena crítica, lleva un tiempo cogiendo polvo en mi mesilla de noche. No digo que sea malo, es sólo que a veces, hay momentos adecuados para leer libros y yo no encuentro el momento para leer este.
Parece que a Himmler le gustaba escucharse. A mí me encanta escuchar. Y guardar cada detalle de las conversaciones que mantengo para ir catalogando a la gente. En mi cabeza hay un extenso bloc donde voy apuntando cosas de mi interlocutor, como por ejemplo, ha utilizado palabras que me halagan gratuitamente y no nos conocemos tanto. Desvía la mirada cuando habla de su novio. Ha levantado un poco la ceja izquierda cuando nos han presentado, desconfía de mí. O bien, ha abierto mucho los ojos, quiere caerme bien. Dice que es el mejor en muchas cosas. Es una persona insegura. Sólo habla de su familia. Cuando le he preguntado cómo está me ha respondido con una conferencia de lo bien que le van las cosas, aunque no me ha preguntado cómo estoy yo. Ha alabado mi blog la segunda vez que hemos hablado, alguien le ha aconsejado que lo haga para caerme bien. O simplemente, me ignora, parece que me escucha pero en el fondo está pensando en otra cosa. Me corta a mitad de una frase, no me pregunta nada, da por supuesto cosas, juzga el precio de mis zapatos…
Siempre he creído que la gente es muy sincera, lo que pasa es que no sabemos leer lo que nos cuentan. No estamos acostumbrados a prestar atención a las palabras que nos dicen, a los gestos que hacen, hacia donde va su mirada al hablar de según qué temas. Es por eso que a veces la gente nos engaña. Pero la verdad es que nos dejamos engañar. Es nuestra culpa.
Todo eso viene porque  acabo de leer que Himmler hablaba mucho de sí mismo. Creo que la gente que habla mucho de sí misma, es gente fácil de manejar. Pero resultan también los más peligrosos. No suelen tener demasiada empatía, son poco tolerantes y acostumbran a ser un poco excesivos: o conmigo o contra mí. Este señor, aprobó un decreto según el cual en 1937 se podía encarcelar a cualquiera que se considerara enemigo de la sociedad. De “su” sociedad. No sé de qué me suena. Es como si ahora haces un tweet en contra de los “innombrables”. Pues me estoy dando cuenta que estamos a un paso de una sociedad muy, muy limitada y de vivir en el universo de Harry Potter.
Pero no nos desviemos. Al leer la frase había pensado escribir algo sobre la naturaleza humana. Sobre cómo nos presentamos ante los demás. Pero como siempre me he perdido por el camino.
Me he dado cuenta que sólo he destacado las cosas negativas que veo en los demás. Cualquier psicólogo diría que estoy a la defensiva. Yo lo llamo instinto de supervivencia.
Pero no voy a hablar de Himmler ni de su cocinera, quien me parece mucho más interesante y voy a hablar de los detalles positivos que veo en mis conversaciones y relaciones con la gente.
Olvidarse del reloj, poner el móvil modo avión (sólo lo hago con contadas personas o cuando tengo poca batería, lo siento). Relajarte tanto que ni te das cuenta que se ha hecho de noche. Comentar cosas sobre cine, sobre canciones o sobre momentos. Empezar hablando del tiempo y acabar descubriendo tesoros templarios o descifrando códigos extraterrestres, lo que quiero decir es que adoro esas conversaciones que son como un viaje sin destino, sabes cómo empiezan y nunca donde terminan. Es ahí, donde me suavizo y se me olvida catalogar a la gente. Donde no me importa la hora, donde me salto la hora de cenar y donde me da pena despedirme. Imagino que las conversaciones son ese paraíso al alcance de todos, pero que pocos ven. Se está perdiendo el arte de la conversación. Porque en el fondo hablamos demasiado de nosotros mismos.
Me ha encantado este ejercicio de escritura. Me ha encantado perderme por el camino. Y no llegar a ninguna parte, eso sí, disfrutando del paisaje. Espero que a vosotros también.
Os dejo con una canción que me gusta. Frank y Ella dicen que “La chica es una zorra”. Gran versión.
Hasta la próxima semana. Sed felices.



miércoles, 2 de mayo de 2018

DE NOSTALGIAS FALSAS Y DISTOPÍAS REALES.


Acabo de leer que las cabinas telefónicas ya no son obligatorias en las ciudades. Y que corren el riesgo de desaparecer. Y me ha afectado un poco. Aunque no recuerdo la última vez que hablé por un teléfono público y la verdad es que hace siglos que no veo ninguna en la calle, han venido a mi mente un montón de recuerdos.
El primero, cuando fui una “au pair” en Dublín y al salir a pasear llamaba a casa a cobro revertido para oír una voz conocida. Una llamada de cuando mi hermana estaba frente al Duomo de Milán y se acordó de mí porque yo le recitaba el tema cuando estudiaba para la selectividad. Ese gesto involuntario de mirar si había sobrado alguna moneda aunque la llamada ya se había cortado porque el dinero había terminado. He recordado lo que me costó ver una cabina roja típica en Londres, fue el segundo día creo y estaba cerca del Big Ben. Y por supuesto he recordado la cabina con nombre propio, más grande por dentro, azul, nave espacial y máquina del tiempo del “Doctor Who”.
Los tiempos cambian y nosotros con ellos. Y me doy cuenta de lo mayor que soy por la de cambios que he vivido en mi vida. Ahora me parece imposible salir a la calle sin mi móvil. Me parece imposible no entrar en Facebook o ver las fotos de Instagram y descubrir que hacen mis amigos.
E imagino que me encuentro con mi yo de pequeña y le digo, vas a ver cosas increíbles buenas y malas, aprende de todas y no dejes de maravillarte. Porque cuando yo miraba la tele en blanco y negro, lo más parecido a un móvil era el zapatófono del “Agente 86” o los guantes del “Inspector Gadget”.
Casi todo lo que antes era ciencia ficción ahora es realidad. Es más, muchas veces supera la realidad. Y todos nos vamos adaptando a estos cambios casi sin darnos cuenta. Creo que la esperanza de vida ahora es más larga, ya no por la buena alimentación y la mejora de la calidad de vida que tenemos, sino porque en el fondo todos estos avances nos obligan a estar alerta, a no dejar de aprender. Y mientras mantengamos las ganas de aprender seremos eternamente jóvenes.
“Jóvenes” con ataques de nostalgia, como yo al leer que las cabinas de teléfono desaparecerían.
Pero se nos pasará enseguida, es un sentimiento un poco falso ya que no querríamos volver atrás y porque inventarán nuevas cosas que nos dejarán entusiasmados y que aceptaremos como cotidianas al poco tiempo. Aunque eso también sea un arma de doble filo. Quizá sería necesario recordar que no siempre todo ha sido así de “fácil”. Y no dejarnos embriagar por las luces fluorescentes de la pantalla. Porque no todos los cambios son buenos. Y también nos acostumbraremos a estas situaciones sin  protestar demasiado, en nombre de la modernidad.
De hecho en China han decidido tomar ejemplo de la terrorífica serie “Black mirror” y poner un sistema de puntuación al ciudadano. Dando beneficios a los mejor puntuados y sancionando a los que tengan las puntuaciones más bajas. Así, se pretende, dice el gobierno chino, animar al ciudadano a un comportamiento más cívico. Los mejor puntuados podrán alquilar bicis sin dejar depósito, acceder a colas prioritarias en hospitales o Bancos… los peor puntuados no podrán acceder a cama en un tren nocturno, perderán el derecho a la seguridad social, no serán considerados para ningún cargo público o alto puesto en los sectores de alimentación y medicamentos y sus hijos no podrán acceder a las escuelas más caras.
¿No os recuerda mucho al primer episodio de la tercera temporada de la serie?
Aunque este tema se encuentra en fase de desarrollo se prevé que hacia el 2020 sea obligatorio para todos los ciudadanos.
A mí me ha parecido absolutamente terrorífico. Es como el principio de una distopía. Una distopía penosamente real.
Pero hoy es hoy y estoy decidida a centrarme en lo bueno. Y lo bueno es que brilla el sol y que como no tenemos ninguna idea de lo que pasará mañana, lo mejor será imaginar lo maravilloso y pensar que puede hacerse realidad. Os dejo con una canción que ha sacado el siempre optimista Jason Mraz ahora que llega el buen tiempo para que la cantemos a gritos mientras viajamos en coche y que quiere que seamos felices y lo tengamos todo. Así que esta vez Jason y yo os deseamos lo mismo. Sed felices.




lunes, 9 de abril de 2018

EL SUSPIRO DEL RELOJ


"El reloj llegó a mi casa por casualidad. No era de un viejo anticuario, ni lo había heredado de una abuela rica y excéntrica. Simplemente llegó. Creo que fue una de esas cosas que compras para regalar y no consigues dar con la persona a quien quieres dárselo. Y así sin más, pasa a ser tuyo. Lo colgué en la pared del salón comedor. Porqué creo que es allí donde deben estar los relojes, donde pasas más tiempo, donde estén recordándote que el tiempo pasa.
Era de madera oscura y no pegaba para nada con mis otros muebles. Empecé el ritual diario de dar cuerda al reloj. Me gustaba. Despertar. Tomar café. Dar cuerda al reloj para que marque las horas de mi vida. Vivir. Me gustaba la compañía que me hacía. Sobre todo al principio. Cuando cada hora sonaban unas campanadas y yo le miraba y sonreía. Después ya esperaba la hora punta y solía mirar de reojo a la máquina de mi pared, como esperando que cantara el tiempo para mí. Todo fue así. Hasta que un día me di cuenta de que ese reloj era para mí mucho más que un reloj. Había empezado a llegar a casa y saludarlo. Como si fuera un perro o un gato que me había estado esperando todo el día. Una noche de insomnio me senté a oscuras con una taza de chocolate en la mano y le conté que no podía dormir. Sin darme cuenta le conté por qué hacía tanto tiempo que me costaba dormir. Le hablé de mis vigilias nerviosas y de mis sueños que antes eran vívidos y coloridos y ahora cuando llegaban eran olvidables y en blanco y negro. Cogí una manta y me enrollé con ella en mi incómodo sofá. Y dormí como un bebé.
Al día siguiente pensé que a lo mejor haría bien en llevarme el reloj a mi habitación. Para poder hablar con él desde la cama. Pero deseché la idea porque un reloj de pared en la habitación era absolutamente ilógico y demente. Pero dormí muchas más veces en mi comedor. Así que cambié mi incómodo sofá por un sofá cama, que al principio desplegaba cada día y después ya quedó permanentemente en el centro de la sala. Y así tú te quedas en tu sitio, frente a la ventana para que puedas ver la calle. El reloj me miró, oí un suspiro. ¿Cómo es el suspiro de un reloj? No sé, tiene un sonido mecánico y a la vez suena a madera y a metal. Creemos que no lo oímos pero si el reloj te deja oír su suspiro una vez, sabes que es imposible que pase mucho tiempo hasta que lo vuelvas a escuchar.
Fue en mi etapa viajera cuando todo cambió. Yo veía reportajes de viajes en la tele y le decía ¿no te gustaría visitar esto? ¿Te ha gustado la puesta de sol de Atenas? Una noche le leí los cuentos de la Alhambra. Otra, una guía de los fantasmas de Londres. Y así mi reloj y yo íbamos conociendo mundo. Y entonces pasó. Mi reloj se volvió loco. Colgado en la pared yo lo veía triste y no sabía qué hacer por él. Le leí a Oscar Wilde, siempre que hay que animar a alguien, le leo algo de Oscar Wilde. Le puse una película de Billy Wilder. De George Cukor. Le enseñé los bailes por París de Gene Kelly. Las nanas bailadas de Fred Astaire. Pero mi reloj seguía triste. Y empezó a desentonar. Su esfera marcaba las tres, pero él daba ocho campanadas. Y así por siempre más. Con cara de preocupación decidí llamar a un relojero. No, no puedo traerle el reloj, tendría que venir usted a mi casa. Creo que el reloj está demasiado mal para salir. Me colgaron el teléfono en tres o cuatro sitios. Hasta que una voz mayor con un deje ruso en el acento me dijo que vendría esa tarde.
El relojero efectivamente era mayor. Y ruso. Se sentó en mi salón e hizo caso omiso de la cama puesta en medio, como si fuera la cosa más natural del mundo. ¿No va usted a mirar el reloj? Le pregunté impaciente. El viejo ruso miró la hora. Faltan veinte minutos para las cinco, vamos a escuchar primero como suena, después decidiremos. Nos tomamos un té y nos miramos en silencio. Él percibía mi preocupación y me confortó ver su mirada tranquila, como diciéndome que todo saldría bien. Eran las cinco. Una sola campanada. El viejo relojero movió la cabeza hacia los lados preocupado. Lo apuntó en su libreta con un lápiz que casi no era lápiz por lo gastado que estaba.
Ajá. Dijo. Debemos esperar otra hora. Y así pasamos la tarde. El reloj a las seis dio doce campanadas. A las siete, cinco. A las ocho tres.
Es grave. Dijo el abuelo. Su reloj se muere de pena. Tiene ansias de vivir y sabe que no puede moverse de aquí. Ha perdido su norte. 
Lo sabía, dije. He oído como lloraba por las noches. ¿Qué puedo hacer?
Poco ya. El reloj no mejorará. Siempre marcará la hora correcta pero dará las campanadas del país que quiere visitar. Ha contraído el mal viajero. Sólo hay una manera de curarlo.
¿Viajando? 
No no, vaya locura, ya es un reloj viejo. Y no aguantaría un viaje con cambio horario. Debe viajar usted. Sólo así, cuando vuelva y le traiga fotos y postales, cuando le cuente las historias vividas de primera mano el reloj irá aguantando. Antes de irse póngale algo de Mozart, su música siempre alegra a los moribundos y calma a los locos.
Y aquí estoy. En el aeropuerto. Voy a Rusia. A ver las noches blancas. Pienso escribirlo todo en mi cuaderno, no quiero olvidar nada que contarle a mi reloj. Pobrecillo, que contento estaría de venir conmigo. De ver mundo y de vivir."

Sed felices.


miércoles, 4 de abril de 2018

CENSURADOS.

No leo la prensa del corazón. Incluso en la peluquería suelo sacar la novela del bolso. Lo cual me invalida como apta para tomar parte en la mayoría de las discusiones que oigo a mi alrededor. No miro ni “Sálvame” ni tampoco “Masterchef” ni “La Voz”. Sé que existen porque tampoco vivo en una prisión del siglo XII.
Y porque tengo Twitter. Y allí amigos, es donde sale la parte entre voyeur y ávida de cotilleos de mi ser. Esta mañana, el trending topic (para los profanos en el tema, es el asunto sobre el que hay más tweets) era #letiziavssofia. Imagino que ya todos habéis visto el video. Mientras una abuela quiere hacerse una foto con sus nietas, la madre de estas no la deja. Podría pasar en las mejores familias. Sin embargo se trata de la familia real española. Como no tengo planes de visitar la cárcel, ni tengo posibles para huir del país…ahí acaba el tema. Quien me iba a decir a mí que la censura, que me sonaba a cosa de cuando mis padres eran jóvenes y a besos de “Cinema Paradiso”, me iba a frenar. Pues sí, me frena. No sólo eso. A veces no retuiteo cosas por miedo. Así que asumamos que tengo un problema. No. Asumamos que tenemos un problema. Yo crecí viendo películas en Tv1 y Tv2. No hubo más canales de televisión durante mucho tiempo. Y ahora parece que la Merkel nos está invadiendo lentamente, hipnotizando nuestras siestas con películas alemanas que son el colmo de la sosez y el decoro. Pero cuando yo era pequeña, la mayoría de las pelis del fin de semana eran americanas. Lo que hubiera sido trending topic en mi infancia hubiera ido de Westerns, Tarzán, guerra del vietnam y pelis de niños que con un spectrum y un teléfono entraban en la cuenta de un banco, en sus notas de la escuela o lanzaban misiles. Pero recuerdo que una de las frases más repetidas en toda producción americana que se preciara en los setenta y ochenta era alguien, generalmente un actor secundario preguntando “¿Vivimos en un país libre, verdad Joe?” (Siempre había un Joe).
Naturalmente que sí, la estatua de la libertad era mi destino preferido de pequeña. Ese país, de segundas oportunidades, que a falta de historia basó su existencia en dos cosas: la bandera y el sueño americano.
Con la edad, me aficioné al cine europeo. Y a ver las noticias y a escuchar a mi padre. Y descubrí que América (perdón, Estados Unidos) no era un país libre. Y nosotros sí. Porque salíamos de una dictadura y teníamos una recién nacida democracia a la que había que cuidar. Podíamos votar. Y lo hacíamos (yo no, porque aún no tenía edad) ilusionados como se hacen esas cosas que antes han sido prohibidas. Como beber alcohol a los 18 y conducir cuando estrenas carnet.  
Nunca he creído en banderas y me daba bastante igual lo que significaran, pero ahora me doy cuenta que estoy en un mundo distinto del que pretendía. Resulta que en mi mundo te meten en la cárcel por opinar. Por publicar tweets o rapear, aunque sean verdades como templos. Y me muero de ganas de cotillear sobre el incidente de la foto de la casa real. He visto el vídeo y he leído divertidísimos memes que se ponían a favor de suegra o de nuera. He visto peticiones de República. Y me he puesto a escribir del tema, pero entonces una voz me ha dicho “¿vivimos en un país libre, no Joe?”. Y he pensado claro que no Joe, vivimos en plena censura. Y si algún día me decido a escribir verdades no arriesgaré mi libertad por hablar de una pelea familiar que no me importa absolutamente nada. Arriesgaré mi libertad por hablar de la falta de ella, de la corrupción o de todos los derechos que hemos ido perdiendo por el camino. De lo que de verdad ocurre a nuestro alrededor mientras todos nos reímos de los “memes” en la red.

Esta semana no os pongo canción. Pero os cuelgo un poema que hechizó el final de mi semana santa. Hay que “Huir” de todo lo que no nos gusta. Sed felices. Sin censuras.



lunes, 19 de marzo de 2018

DE FINALES Y PRINCIPIOS.


Hoy por la mañana he tomado un café con el invierno. Hemos hablado seriamente, estaba deprimido porque sabe que debe marcharse y no quiere. He intentado animarlo diciendo que el año que viene lo esperaré con chocolate caliente y nubes el mismo 21 de diciembre, pero me ha mirado a los ojos y me ha dicho: no seré el mismo, para que lo entiendas es como cuando el Doctor Who se regenera, es él mismo pero no lo es. Y me ha dado pena. Es verdad que espero que venga la primavera pero siempre me ponen triste las despedidas. Hemos sacado el álbum de fotos y hemos recordado nuestros mejores momentos. Mis bufandas, los copos de nieve, la Navidad, la lluvia al salir del cine los sábados, la sensación de ducharte con agua caliente cuando llegas a casa, los pijamas de franela y los cielos azules cuando sopla el viento. Se ha puesto nostálgico y me ha preguntado qué ha hecho mal. Le he dicho que nada, aunque se ha pasado un poco con el frío. Sólo quería hacer bien mi trabajo. Ya, pero a veces no estamos preparados para reconocer tus esfuerzos y no los sabemos apreciar. Se ha callado y ha tomado un largo sorbo de café. Voy a seguir por aquí esta semana. Lo sé, le he contestado. Y he visto como miraba fotos de la primavera. Me he temido lo peor. Lo siento, lo vuestro es imposible. Si te quedas con ella acabaremos odiándoos a los dos. La primavera debe florecer, dejarnos guardar los jerséis grises y ponernos camisetas de colores. Debe darnos luz y tú eres oscuridad. No la seduzcas o la destruirás.
A ti antes te gustaba la oscuridad. Su acusación me ha sorprendido. He reconocido que tiene razón, pero llevo una temporada en que me encanta la luz.
Nos hemos mirado sin decir nada más y me ha besado fugazmente en los labios, donde se ha quedado un copo de nieve que guardaré siempre en la memoria. No volveremos a hablar, le he dicho. No volveremos a hablar, ha repetido casi mecánicamente. No ha partido aún y sé que durante unos días intentará hacerse amante de la primavera, mañana tendré que hablar con ella para que no se deje. La seducción a veces puede hacer que pierdas el eje de tu vida y el invierno es sabio y astuto como un viejo diablo. Espero que se decida y se marche en tren, nada es tan especial como ver un paisaje frío desde la ventana de un tren. 

Pero como los humanos sabemos como mirar hacia delante, he sacudido mi nostalgia como si fueran migas de pan en mi vestido y he consultado mi programa para esta semana. Mañana día 20 de marzo celebramos no sólo el equinoccio primaveral sino también el día internacional de la felicidad. Hay que ser feliz mañana, aunque sólo sea para cumplir con la agenda. Y el día 21 será el día de la poesía. Y todo nos parecerá un poco mejor. Las musas nos mirarán desde lejos, escondidas entre las flores rosas de los cerezos en flor y dejarán ahí colgadas las palabras para que los poetas las recojan bajo los árboles.
Y es que como todos los principios me encantan, tengo serias esperanzas con la primavera. Un par de datos técnicos para que saquéis algo de provecho de la lectura. No todos los países pueden disfrutar de esta estación, sólo los que estamos en la zona templada del planeta. La primavera se llama así desde después del Siglo de Oro, cuando llamaban “Primo vere” (el primer verde) al pre-verano. Y para mí, lo más importante es que la luz ha vencido. Como debe ser.
Os dejo esta semana con deberes varios; quiero que hagáis algo agradable para despedir al invierno y quiero que os vistáis de gala, al menos anímicamente para dar la bienvenida a los nuevos comienzos, que busquéis algo que os ponga de buen humor y que os paréis a mirar el paisaje. Volad cometas, perdeos en un bosque, celebrad la fiesta del color y del amor como en la India o brindad conmigo. Os dejo con una canción de Pau Vallvé, escogida nada aleatoriamente y distinta a todo lo que suelo colgar. Y me despido hasta la próxima, esperando que aprendáis a ser felices.




DESMONTANDO A MARILYN.

El 1 de Junio de 1926, nace Norma Jeane Mortenson, que luego sería conocida como Norma Jeane Baker,   con la ignorancia absoluta que un ...