viernes, 15 de mayo de 2020

DÍA TAITANTOS DE CUARENTENA... FASE 0

No he hecho ni un pastel en toda la cuarentena. Ni pan. Ni he cocinado nada especial. Mi pesadilla recurrente es que me llame Fernando Simón y me diga “no puedes pasar de fase ya que no estás aprovechando el tiempo como Dios manda”.

Lo que sí he hecho es escuchar música. En los tiempos antes del encierro oía la música por la radio o la que yo me ponía al conducir, pero no soy consciente de haber escuchado nada y no hacer más que sumergirme en las canciones desde hacía mucho tiempo. Como si estuviera en un concierto. También he visto muchas películas y series. Harta ya de ver al FBI cazando malos, o de ver comedias chorras que se me confunden al cabo de los días, el domingo pasado vi que en Amazon Video tienen cine clásico y me animé a ver “El séptimo sello”. En sueco subtitulado porque aquí hemos venido a jugar. La había visto creo que de pequeña en “La clave”, ese programa que me impedía ver el “Un, dos tres” los viernes noche y me dejaba fuera de las conversaciones de recreo en el colegio.

Pues debo decir que la película me gustó más de lo que me esperaba. El hombre en busca de la fe. La explicación que busca la humanidad a todo lo malo que les pasa. Los humanos somos así con los imprevistos. No los toleramos, queremos el control de la situación y nos asustamos en cuanto la vida, como ahora, se sale del guión.

Otra película que vi, en el canal “Somos cine” de Rtve fue “Total” del recientemente desaparecido José Luís Cuerda. Es una pieza corta, de 50 minutos donde Agustín González nos cuenta como fue el fin del mundo. Las señales inequívocas de que algo gordo venía, son muchas y variadas pero me quedo con las vacas que quieren culturizarse y asistir a la escuela. La recomiendo, como todo lo de Cuerda por supuesto.

Vamos con Netflix. Hay mucha crítica mala de la miniserie “Hollywood”, panda de amargados que son todos los críticos. Debo confesar que fue la primera serie que vi en la que me olvidé totalmente de la realidad actual. Entré en el mundo de Hollywood en el mismo momento en que una fantástica Patty Lupone llega a la gasolinera. Que gran mujer. Que poderío y que robaescenas. Que nariz y que señora. Jim Parsons que con su “Sheldon” en “The big bang theory” se dedicó a romantizar la falta de empatía y el comportamiento digno de psiquiatra, interpreta aquí a Henry Wilson, un señor que existió de verdad e hizo cosas muy malas de esas que si las denuncias no te hacen caso, una especie de Harvey Weinstein de los años 50. No voy a hacer demasiados spoilers por si alguien se anima a verla pero la verdad es que es más dura de lo que parece y también más dulce de lo que debería. O quizá no. Quizá también el ser humano necesita buenos ratos e historias que terminen bien. Realidades irreales. Pedazo de spoiler que acabo de hacer. Pero vedla igualmente. Vale la pena. 

También he leído, aunque menos de lo que me gustaría. Ahora voy pillando el hábito de leer otra vez y ya puedo dejar un poco de lado a Stephen King y ponerme con novelas que me aporten algo más que miedo a apagar la luz. Esto lo dejo para otro post. 

Como podéis ver, sin la ficción, la cuarentena sería mucho más insoportable. Así que no nos quejemos y continuemos consumiendo y apoyando artistas cuando veamos la luz al final del túnel.

Os dejo hoy con una canción que canto cuando estoy un poco “chof”. Y siempre me pone de buen humor. “Here comes the sun” por George Harrison. Y por el mismo precio os la subtitulan para que sepamos que cantamos. Sed felices. Aunque cueste.


 


martes, 21 de abril de 2020

EL PEOR DE LOS TIEMPOS


Nadie nos había preparado para esto ¿verdad?
¿Cómo estáis? ¿Habéis hecho pan, aprendido idiomas, pintado un cuadro, ordenado los armarios?
¿Habéis sido felices de verdad desde que estáis encerrados? ¿Habéis tocado fondo?
Yo he estado muy ocupada gestionando mis emociones. Aún estoy montada en una montaña rusa llena de "loopings" que a veces me ponen el corazón en la garganta. Me está costando. Pero no me quejo, con todo lo que pasa, no tengo derecho.
Os diré que hasta finales de la semana pasada no he sido capaz de aceptar con un poco de normalidad esta situación transitoria. Al acabar de escribir la palabra “transitoria” me doy cuenta que lo que me hace superar los momentos es esta condición de transitoriedad del contexto. Lo que me anima (por poner una connotación positiva) es que todo pasará. En mis momentos más negros, he llorado por el mundo que he perdido. Que hemos perdido. Y miro fotos de hace sólo un par de meses y no puedo creerme lo afortunada que era.
Echo de menos el roce, los abrazos y los besos que a partir de ahora no se darán. Echo de menos a la gente, pareja, familia y amigos. El café de la mañana en un bar. Las conversaciones hasta altas horas de la madrugada. Conducir y cantar al volante. Insultar a los conductores que no ponen intermitente. Aparcar mal. Ir al cine. Quejarme de tonterías que hace un tiempo eran verdaderos problemas. Levantarme sin necesitar hacer un esfuerzo por creer que todo irá perfecto.
Es curioso cómo nos adaptamos a todo. Y como debemos hacerlo para poder sobrevivir. 
Pero hay cosas que aún me ponen de mala leche. Las noticias falsas, las pullas políticas (no es el momento señores), la falta de solidaridad.
Creo que la pandemia hace salir lo mejor y lo peor del ser humano. Mientras unos aplauden otros ponen carteles acosando a trabajadores esenciales en sus pisos. Para mí, los héroes no son sólo los médicos.
A ver como digo esto para que no se me ofenda nadie. Los médicos hacen su trabajo. En condiciones extremas. En una situación que nunca antes habían visto. A lo mejor es el momento de además de aplaudir, procurar que tengan mejores condiciones y no recortar en sanidad. ¿Y la gente que trabaja en los supermercados o el personal de limpieza o todos estos que están haciendo su trabajo sin muchas garantías y con un sueldo de mierda? (Con perdón). Pensemos también en ellos a la hora de aplaudir y de ir a las urnas que también tiene su importancia.
Nadie sabe cómo será el día en que podamos salir a la calle. Y lo peor, nadie sabe cuándo. He leído algo sobre un “pasaporte” de inmunidad. Se me ocurren un millón de situaciones que confirman el por qué esto no es una buena idea. Y vienen a mí imágenes de la memoria colectiva donde se separa a la ciudadanía, entre “buenos y malos”.
El miedo nos hace perder libertades. Y el miedo es útil en cierta medida como método de supervivencia pero no nos pasemos. El miedo también nos hace débiles y a veces nos esclaviza. Deberíamos poner límites y poder opinar en cosas que van a cambiar nuestra vida para siempre.
Me despido con la esperanza de que estéis bien. Doy gracias a que todo esto nos pilla con la tecnología muy avanzada y todos los ratos que paso conectada con gente aleja un poco los fantasmas y las sombras. Podría ser peor. Un abrazo. Sed felices, aunque cueste.





martes, 9 de abril de 2019

"SOLO DE PIANO"



A veces voy a conciertos y a veces se me ocurren historias mientras escucho tocar. Ésta es una de ellas. Sed felices.



Alex terminó de afinar su piano casi a oscuras. Siempre llegaba antes que todos. Necesitaba ese momento para poner su mente en orden. Era como el aroma del café antes del primer sorbo. Con sesenta años y unos pocos más, había llegado a esa edad en la que eres un buen músico. Sobre todo si empiezas a practicar de pequeño. Él era un buen músico. Pero había entrado muy tarde en el mundillo. En su vida antes del piano había sido un profesor de literatura inglesa en una universidad de esas que tienen gárgolas en la entrada. Había sido un profesor regular pero guapo. Y había leído en voz alta los pasajes más melancólicos de la literatura con voz quebrada por el tabaco. Esas lecturas eran como una tela de araña donde caían estudiantes entre suspiros adolescentes. El día en que empezó su primera clase de música, lo había dejado todo atrás. Su trabajo, sus libros y su vida.

- Un agua con gas con mucho hielo y limón.
- ¿Es usted de la banda?
- Sí
- ¿Sabe que tiene barra libre? ¿No quiere nada más fuerte?
- En vaso ancho, agua con gas con mucho hielo y limón.

El camarero se encogió de hombros y fue a la barra. Había crecido en un barrio donde los chavales entraban en un grupo por la bebida gratis, las drogas y tirarse a groupies. Ahora los músicos eran veganos. Ni fumaban, ni bebían y de lo otro tenía sus dudas. Otros tiempos sin duda.

Alex ignoró todo a su alrededor mientras medía la distancia de su piano al micro de la cantante. Siete pasos largos. Perfecto. Todo salía bien con siete pasos. Siete tenía algo de mágico. Siete notas musicales. Siete días de la semana. Siete chakras. Siete pecados. Siete vidas si eres gato.
El piano sonaba perfecto. La acústica del local era sorprendentemente buena. En un rato se llenaría de gente bebiendo ginebra y moviendo los pies al ritmo que tocaran. Durante una hora y media los asistentes estaban a merced del humor de los músicos. Y de Claire. Todos mirarían a Claire.
Olió su jabón de Tiaré mucho antes de que ella dijera algo.

- ¿Todo bien?
- Todo perfecto.
- Eres un ángel guardián. Si no revisaras cada detalle no cantaría tranquila. Eres mi amuleto.

Le dio un beso en la frente antes de alejarse taconeando a fumar fuera con el saxo tenor. El roce de sus labios en su frente, le subió muy arriba por su suavidad, sin embargo el casto gesto de la rubia le dejó como siempre con un vacío extraño y amargo. Claire era mayor, habían pasado muchos años desde que la conoció y sin embargo era la misma chica que esperaba a su novio fuera de su clase de literatura. Se enamoró igual que en los libros que él leía para encandilar a sus presas. En menos de un segundo. En un instante. Y supo que todo había cambiado para siempre.
Los últimos dos años antes de conocer a Claire estaba pensando que era hora de sentar la cabeza. Elegiría alguna heredera de ojos azules y con poca ambición para formar familia. El típico caso de Pigmalión pero perfectamente estudiado. Tendrían algún hijo y él le sería infiel mientras no fuera demasiado ridículo ir persiguiendo a estudiantes. Después se retiraría en una gran casa heredada de sus suegros y tocaría el culo a la criada hasta que fuera demasiado mayor y tuviera que tocárselo a su enfermera.

Pero apareció ella. Con su novio. Alex lo vio como un rival y le colocó como ayudante en su departamento. No consiguió nada más que estrechar lazos con la pareja. Y poco a poco, cuando ese novio fue sustituido por otro, contra todo pronóstico, él continuó viendo a Claire. Lo que no esperaba era que ella, su risa, su voz, su pasión...fueran inmunes a los encantos de Alex. Y él resignado siguió a su lado. Conoció a todas sus parejas y leyó en su boda. Ahora era el padrino de uno de sus hijos. ¿Por qué? Porque la vida sin ella no tiene sentido. 
Puedes despertar por la mañana y beber café y ver las noticias. Puedes comprar el pan e ir al super a por la compra semanal. Ves películas y alguna vez sonríes. Otras lloras. Pero la verdad es que todo se reduce a una rutina mecànica y sin alma si ella no está cerca.
Por eso se hizo músico. Porque la necesitaba. Dedicó 20 horas al día durante años a practicar y aunque su técnica no era de las mejores, las notas que salían de sus dedos se habían convertido en un lamento por la ausencia de Claire o a veces en un canto a la alegría de conocerla. El virtuosismo que le faltaba lo suplía con pasión. Empezó a tocar bien. Y continuó tocando mejor. Se convirtió en mejor músico que profesor de literatura. Quizá porque cuando tocaba lo hacía con el corazón. Los críticos decían que le hacía el amor al piano. Que lo hacía suspirar y llorar a su antojo. Y así llegó a Claire. Tocaron juntos desde la primera vez que ella lo escuchó. “Tienes que estar a mi lado en el escenario” le dijo. Y él pensó que su recompensa por fin había llegado.
Si Claire era inmune a los encantos sexuales de Alex, ahora ya diezmados por el tiempo, cuando él tocaba sus sentimientos mezclaban la admiración, la fascinación y un poco de amor. Y sólo por eso, él vivía. Por ese momento en que ella dejaba el micro, se sentaba en el taburete y le miraba tocar. 
Había conocido la sensación de ser amado. Y la sensación de amar. Dicen que es la mejor sensación que existe. No estaba de acuerdo. Lo mejor es la reciprocidad. Y en esos momentos cuando le tocaba hacer el "solo" de insulsos standards del jazz, él los convertía en algo vivo y precioso. En un momento único. Era como cuando buceaba de pequeño en la piscina y salía a respirar. Esa bocanada de aire fresco, el sol cegando sus ojos, eso era Claire mirándole interpretar. Ese breve y fugaz momento en el que se sentía amado por el objeto de su deseo.
Y con eso le bastaba para sentirse el hombre más afortunado del mundo. Y con eso le bastaba para vivir.



miércoles, 27 de marzo de 2019

LOS INNOMBRABLES Y EL MÁRKETING POLÍTICO


Hay un viejo capítulo del Doctor Who donde se utilizan los nombres como fuente de poder. “Yo te nombro Martha Jones…” se convertía en una poderosa maldición. El Doctor dice que las letras combinadas tienen tanto poder como los números de una fórmula matemática. En la saga Harry Potter, el malísimo Voldemort era conocido como el “Innombrable”, porque al nombrarlo le dabas poder. Los dioses a quien nadie reza y a quien nadie recuerda, mueren. De hambre seguramente.
Oscar Wilde dijo que era mejor que hablaran mal de ti a que no hablaran en absoluto. Uno de los castigos famosos en los internados ingleses era mandar a alguien a Coventry, con lo cual el castigado era ignorado y aislado por sus compañeros.
Supongo que no basta con existir, hay que hacer saber que existes. ¿A dónde voy con toda esta reflexión?
Al marketing político. No voy a nombrar el partido que ha salido como una seta en medio del bosque y se ha colado en los medios como uno de los más ruidosos del panorama nacional. No hace falta nombrar a quien quiere premiar con la medalla del mérito civil a quien se tome la justicia por su mano. Ni a quien quiere que invocar a viejos fantasmas que no están tan muertos como creíamos. No vamos a hablar de quien quiere que junto con la crema hidratante y el rímel de recambio en nuestro bolso haya sitio para un revólver Smith and Weesson del 38. Y no voy a decir su nombre porque sin decirlo ya sabéis todos a quien me refiero.
Y con eso demuestro que todos esos “memes” burlándose de sus líderes, pintándolos como caciques paletos de otros tiempos, esos señores ocupan más del 50% (dato totalmente inventado por mí, estoy segura que es más) de nuestro tiempo en redes sociales o en cadenas televisivas y debates.
Aquí no deberíamos estar debatiendo sobre si llevar o no armas en el bolso legalmente, aunque a muchos les recuerde románticamente a una peli de Clint Eastwood. Deberíamos estar debatiendo el sistema de pensiones, la seguridad social, los pederastas eclesiásticos que se van de rositas mientras los políticos de bien siguen yendo a misa los domingos. Deberíamos preguntarnos por qué nuestro médico de cabecera tiene tan mal humor cuando nos atiende y cuando pedimos hora nos la dan para dentro de siete meses. Deberíamos debatir sobre lo que nos han quitado a nivel material y emocional. El dinero debería devolverse. La desesperanza anclada ya dentro nuestro será más difícil de curar.
No quiero hablar de política. Pero no puedo ignorar que vienen unas elecciones importantes en las que la campaña ya está siendo sucia y rastrera antes de empezar. Son nuevos tiempos, ahora la batalla se libra en instagram y en twitter. Hoy me decía un amigo que la derecha no se fragmenta en cambio la izquierda tiende a discutir internamente y así pierde. Y tiene razón. Divide y vencerás. Pero también creo que no hay tanto rico en nuestro país para que voten a un partido que no sé como tiene los santos cojones de presentarse en público o mirarse al espejo después de lo que ha hecho.
Votar es nuestra única arma. Pero investigar y votar con conciencia debería ser nuestra obligación.
Si en el post anterior hablaba de la importancia de romper el silencio ante las injusticias, en este me reafirmo en silenciar a los bufones, a los que usan una bandera como excusa para todo tipo de injusticias.
A Trump le salió bien. Y con él parece haberse abierto la veda. Parece que cosas que antes daban vergüenza, ahora son motivo de orgullo.
En un episodio de “Hotel Fawlty” nació la frase: “No nombres la guerra…” delante de los alemanes. Porque aún estaban avergonzados por ella. Añoro esos tiempos en los que aún se sentía vergüenza y arrepentimiento por el pasado.
Y así termino mi post político. Ahora es cosa vuestra. Votad. Votad a alguien que no os tenga que avergonzar más adelante. Silenciad al payaso.
Y naturalmente, sed felices.




viernes, 8 de marzo de 2019

NO ES MUJER CONTRA HOMBRE. ES LA VOZ CONTRA EL SILENCIO


Ser mujer está lleno de trampas. Debes ser femenina que se entiende como un sinónimo de delicada, pero fuerte porque el peso de todo siempre caerá sobre ti. Debes ser inteligente para demostrar que eres válida. Y saber hacerte la tonta cuando conviene. Debes casarte y tener hijos. Pero no dejes de trabajar porque también debes sentirte realizada. ¿Eres la jefa? Seguramente a costa de dejar de lado a tu familia. O a saber ante cuántos te habrás arrodillado. Y no lo digo con segundas. Digo claramente que si eres jefa, muchos van a entender que has cambiado favores sexuales por promoción laboral. ¿No estás casada? Seguro que eres lesbiana. O fea. ¿Quién te va a querer si estás gorda? ¿O si no te maquillas? Pareces un marimacho. Eres demasiado cursi. Si no tienes hijos pronto se te pasará el arroz. ¿Usted que tiene tanto éxito, cómo compagina trabajo y hogar? ¿Seguro que quieres una moto? Es muy de chicos.
Mi novia es “guarra, lo justo”, vaya que no es tonta pero tampoco ha ido con muchos. Señora en la mesa y puta en la cama. Solterona. Zorra. Buscona.

He oído muchas de estas frases en directo. Y debo decir con pena que muchas han sido pronunciadas por mujeres. Creo que la “hermandad” femenina está bastante echada a perder porque vivimos en un mundo donde las normas siempre han sido marcadas por hombres. No es que no haya habido mujeres fuertes e inteligentes. Es que la historia no nos ha hablado de ellas. Deberíamos pedirles perdón. A Hipatia de Alejandría, a Emilie du Chatelet, a Ada Lovelace, a las hermanas Brontë, a Jane Austen, a Gerda Taro, a Dorothy Parker, a Hedy Lamar, a Tamara de Lempika… y a millones de nombres más, que hicieron carrera y lograron grandes cosas pero que siempre tenían la coletilla de “es buena…por ser que es mujer”.

Creo que no se trata de que amablemente te digan que no te contratan porque no eres la indicada para el puesto. En el fondo eres mujer y mayor y por eso no te cogen. No se trata de enfadarte cuando te sujetan la puerta. O cuando alguien te dice guapa por la calle.
Se trata de que te den la misma oportunidad que a los demás. Que no debas ser dos veces mejor para justificar tu existencia o tu valía. Se trata de que si ves a alguien con minifalda no se ha buscado ningún tipo de abuso.

Soy rubia y no se aparcar, y me encanta que me ayuden con las maletas. También soy capaz de beber cerveza como un cosaco ruso y hacer buenos pasteles. Una cosa no quita la otra. Me gusta que me piropeen por la calle, suelo contestar. Y al salir por la noche he pasado miedo volviendo. No es culpa de los hombres, es culpa del imbécil que me siguió en coche invitándome a subir. Por suerte era época de móvil y le hice una foto, le dije que si no se iba la enviaba a la policía. El tipo me creyó y se fue. Pero podía haber bajado, arrancarme el móvil y reducirme. Y yo no me habría buscado nada. Igual que podrían haber atacado a un hombre por ser gay, rubio, ir solo de noche o simplemente porque el atacante es quien tiene la culpa, no la víctima.

El día 8 de marzo y todos los días, defiendo a la mujer pero sobre todo defiendo al ser humano. No es una lucha de hombres contra mujeres. Es una lucha contra situaciones injustas. Contra el silencio. Contra la intolerancia.

Feliz día de la mujer. 8M



miércoles, 6 de marzo de 2019

"GREEN BOOK" VS. "INFILTRADO EN EL KKKLAN"



Esta mañana me han aconsejado la película “Green Book”. La verdad es que la vi el día antes de que ganara el Oscar. Y cuando salí me sentí bien. Es una película amable y nos cuenta la amistad muy improbable pero cierta, entre dos personas una blanca y la otra negra. Viggo Mortensen con un claro sobrepeso no sé si para la película o porque su mujer cocina estupendamente, interpreta a un italiano pobre, listo (o más bien listillo) y racista. El ganador del Oscar al mejor secundario Mahershala Ali, interpreta a un talentoso músico negro que vive como un blanco. Os aclaro que la historia está basada en hechos reales y está ambientada en los años 60.
Viggo se queda sin trabajo y es contratado por el músico para que sea su chófer y asistente. El italiano aparca un poco su racismo en favor de un buen sueldo y empieza a conducir hacia el sur de Estados Unidos, hacia esas zonas donde un negro no podía cagar dentro de casa sino en una barraca para gente de color, normalmente situada en el jardín. Donde los blancos se creían una raza aria y privilegiada. Y donde la esclavitud fue abolida por ley pero sustituida por la esclavitud del trabajo mal pagado, donde con suerte si eras negro te convertías en parte de la familia, eso sí después del perro.
Green Book, es la guía escrita por el cartero de color Victor Hugo Green hacia 1936, para que un negro pueda viajar cómodamente y sin encontrar rechazo por la América de otros tiempos. Desconozco si la guía existe hoy en día para hispanos, gays o negros, porque gracias a Trump y los últimos resultados en elecciones más cercanas, volvemos a los 60.
Una de las anécdotas más comentadas de la gala de los Oscar, aunque no he visto ninguna imagen, ha sido la reacción negativa de Spike Lee al leer el sobre con la película ganadora.
Spike también optaba al premio por la impecable “BlaKkKlansman” (Infiltrado en el KuKuxKlan). Y entiendo y aplaudo absolutamente su reacción.
La película también basada en hechos reales explica la historia de un policía negro en 1979 que se infiltra en la organización racista. Explicada con toques de humor, muestra con mucha más crudeza una realidad demasiado cercana. Desde las charlas con los miembros del Klan, a algunos policías que no están contentos con tener un compañero negro, Spike Lee hace una fotografía de una sociedad que debería avergonzarnos.
Al terminar de ver la película, tenía la piel de gallina y me sentí triste y asustada.
Si la primera para mi es una historia bonita y fácil de ver, sobre cómo la gente muy diferente se acerca y se influencia mutuamente hasta descubrir que tampoco son tan distintos; la segunda película te dice que nunca podrá haber este acercamiento porque gritamos demasiado y porque ponemos barreras donde no deberían estar. Uno de los mejores momentos de la película de Lee, es la charla de Harry Belafonte, donde explica como en momentos de crisis es fácil culpar al desfavorecido.
Y después pongo las noticias y sí, veo que es sencillo culpar a alguien de nuestros problemas. Fácil y conveniente. ¿A quién conviene? Deberíamos estudiar esto antes de ponernos a gritar como animales. La realidad es que nos mueven en base al odio. No tenemos trabajos porque nos lo quitan los de fuera. Las ayudas y los servicios se lo llevan los de fuera que vienen a acabar con nuestra sociedad de bienestar. Y estamos convencidos de que el problema siempre lo tienen “aquellos que no piensan como yo”.
Mientras tanto, hay alguien a quien le encanta que estemos enfurecidos, porque la rabia no dialoga ni piensa.
Para terminar mi discurso que no quiere ser político ni enfadado sino humano, os aconsejo que veáis y disfrutéis las dos películas.
“Green Book” os acercará a la humanidad. “Infiltrado en el KKK” os acercará a la realidad.
Y para despedirme os dejo una canción de Oscar Peterson al piano. Porque últimamente me persigue y como alguien me aconsejó sabiamente lo mejor en este caso es dejarme atrapar. Hasta la próxima, sed felices.



martes, 19 de febrero de 2019

LA MUERTE DE OPPORTUNITY. LA AGONÍA DE LA HUMANIDAD


La semana pasada el robot Opportunity que estaba de viaje de trabajo por Marte, murió. Esto me plantea preguntas como: ¿puede morir algo que nunca ha vivido? Y ¿lo tenían previsto?
Quiero decir que me apenó mucho que muriera la perrita “Laika” y empecé a imaginar cómo fueron sus últimos momentos. Pero eso era una cosa que ya se sabía. No había plan de vuelta.
Nos encanta el drama. Y como plaga que somos nos encanta humanizar todo lo humanizable. Las redes sociales hace unos días estaban llenas de fotos con lo que hubieran sido los últimos pensamientos del robot Opportunity. “Mis baterías están bajas y todo está oscuro” o “Voy a cerrar los ojos para esperar a que lleguéis, porque sé que vendréis a por mí chicos”.
¿Sabéis que el difunto robot tenía un gemelo que se llamaba Spirit? Y que también “murió” en Marte. No están solos, desde el planeta rojo nos manda también noticias Curiosity el rover que funciona con otro tipo de batería que tiene un pequeño reactor nuclear y no depende del sol.
Estos tipos de robot llamados MER, Mars Exploration Rover, son del tamaño de un carrito de golf y creo que les ponemos sentimientos porque nos recuerdan a la película “Wall-E”.
O quizá porque la gente se ha acostumbrado a bloquearse sentimentalmente y necesitan humanizar cosas inanimadas para sentir.
Que cualquier tipo de máquina deje de funcionar, podría afectar a sus creadores, al señor que está en contacto con ella y abre los mensajes con foto o a los niños que realmente creen que los robots sienten como ellos.
Pero que nos afecte a nosotros me preocupa un poco. No perdamos la perspectiva. Si utilizáramos la compasión, empatía o pena que sentimos ante esta situación, con situaciones más cuotidianas el mundo iría mejor. Quiero decir que el mundo y la gente somos una paradoja gigante.
Lloramos porque un robot muere, porque jubilamos nuestro coche o porque el teléfono se nos ha caído en un charco. Mientras tanto negamos cualquier sentimiento de empatía o pena a otros humanos e incluso a animales.
Los toros ¿hay algo más cruel que ir mutilando a un ser vivo hasta su muerte mientras se aplaude la supuesta maestría del asesino? Los incendios provocados en bien de intereses económicos. Las guerras. Las pocas subvenciones a la ciencia. La mala situación de sanidad y cultura. Las crisis económicas como excusa para la esclavización. Las violaciones. Los malos tratos. La pena y el silencio. El terrorismo. La soledad de la tercera edad. La soledad a nuestro alrededor. El hambre. La incomunicación en un mundo donde te pasas la vida conectado para comunicarte. Las pateras llenas de esperanza que se han creído que aquí vivimos en un mundo mejor. Las pateras donde mueren gente y sueños. La lucha por la vida que se ha convertido en la lucha por la supervivencia.
Sí, hay muchas cosas para llorar si tienes ganas de llorar, la pena es que a veces lloramos por las razones equivocadas.
La pena es haber normalizado la pena. Haber normalizado la desesperanza y la miseria y no ser capaces de sentir hasta que no nos mojamos los pies.
Por ahora y que yo sepa, los robots no sienten. La inteligencia artificial no ha llegado a ser inteligencia emocional. Siempre pienso que el día que las máquinas estén dotadas de sentimientos se rebelarán contra nosotros y nos masacrarán. Y lo harán con  toda la razón del mundo ya que el lado oscuro del ser humano ha ganado. Y hemos pasado de construir robots a robotizarnos nosotros mismos. Y si perdemos la compasión merecemos lo que nos pase.
Es por eso que decido a partir de hoy y conscientemente cambiar mi sistema de creencias y volver a creer en el ser humano. Creo que mientras hay vida hay posibilidad de mejorar, así que empiezo a apreciar y difundir los pequeños gestos que un día evitarán grandes batallas. Desde ayudar a cruzar la calle a alguien, abrir las puertas y saludar a hacer algo por pequeño que sea para mejorar el mundo día tras día. Seguiré pensando que puedo hacer para dejar un mundo mejor del que encontré. Al fin y al cabo no hay nada más humano que la esperanza.  
Hasta la próxima y sed felices.



DÍA TAITANTOS DE CUARENTENA... FASE 0

No he hecho ni un pastel en toda la cuarentena. Ni pan. Ni he cocinado nada especial. Mi pesadilla recurrente es que me llame Fernando Simón...