viernes, 8 de marzo de 2019

NO ES MUJER CONTRA HOMBRE. ES LA VOZ CONTRA EL SILENCIO


Ser mujer está lleno de trampas. Debes ser femenina que se entiende como un sinónimo de delicada, pero fuerte porque el peso de todo siempre caerá sobre ti. Debes ser inteligente para demostrar que eres válida. Y saber hacerte la tonta cuando conviene. Debes casarte y tener hijos. Pero no dejes de trabajar porque también debes sentirte realizada. ¿Eres la jefa? Seguramente a costa de dejar de lado a tu familia. O a saber ante cuántos te habrás arrodillado. Y no lo digo con segundas. Digo claramente que si eres jefa, muchos van a entender que has cambiado favores sexuales por promoción laboral. ¿No estás casada? Seguro que eres lesbiana. O fea. ¿Quién te va a querer si estás gorda? ¿O si no te maquillas? Pareces un marimacho. Eres demasiado cursi. Si no tienes hijos pronto se te pasará el arroz. ¿Usted que tiene tanto éxito, cómo compagina trabajo y hogar? ¿Seguro que quieres una moto? Es muy de chicos.
Mi novia es “guarra, lo justo”, vaya que no es tonta pero tampoco ha ido con muchos. Señora en la mesa y puta en la cama. Solterona. Zorra. Buscona.

He oído muchas de estas frases en directo. Y debo decir con pena que muchas han sido pronunciadas por mujeres. Creo que la “hermandad” femenina está bastante echada a perder porque vivimos en un mundo donde las normas siempre han sido marcadas por hombres. No es que no haya habido mujeres fuertes e inteligentes. Es que la historia no nos ha hablado de ellas. Deberíamos pedirles perdón. A Hipatia de Alejandría, a Emilie du Chatelet, a Ada Lovelace, a las hermanas Brontë, a Jane Austen, a Gerda Taro, a Dorothy Parker, a Hedy Lamar, a Tamara de Lempika… y a millones de nombres más, que hicieron carrera y lograron grandes cosas pero que siempre tenían la coletilla de “es buena…por ser que es mujer”.

Creo que no se trata de que amablemente te digan que no te contratan porque no eres la indicada para el puesto. En el fondo eres mujer y mayor y por eso no te cogen. No se trata de enfadarte cuando te sujetan la puerta. O cuando alguien te dice guapa por la calle.
Se trata de que te den la misma oportunidad que a los demás. Que no debas ser dos veces mejor para justificar tu existencia o tu valía. Se trata de que si ves a alguien con minifalda no se ha buscado ningún tipo de abuso.

Soy rubia y no se aparcar, y me encanta que me ayuden con las maletas. También soy capaz de beber cerveza como un cosaco ruso y hacer buenos pasteles. Una cosa no quita la otra. Me gusta que me piropeen por la calle, suelo contestar. Y al salir por la noche he pasado miedo volviendo. No es culpa de los hombres, es culpa del imbécil que me siguió en coche invitándome a subir. Por suerte era época de móvil y le hice una foto, le dije que si no se iba la enviaba a la policía. El tipo me creyó y se fue. Pero podía haber bajado, arrancarme el móvil y reducirme. Y yo no me habría buscado nada. Igual que podrían haber atacado a un hombre por ser gay, rubio, ir solo de noche o simplemente porque el atacante es quien tiene la culpa, no la víctima.

El día 8 de marzo y todos los días, defiendo a la mujer pero sobre todo defiendo al ser humano. No es una lucha de hombres contra mujeres. Es una lucha contra situaciones injustas. Contra el silencio. Contra la intolerancia.

Feliz día de la mujer. 8M



miércoles, 6 de marzo de 2019

"GREEN BOOK" VS. "INFILTRADO EN EL KKKLAN"



Esta mañana me han aconsejado la película “Green Book”. La verdad es que la vi el día antes de que ganara el Oscar. Y cuando salí me sentí bien. Es una película amable y nos cuenta la amistad muy improbable pero cierta, entre dos personas una blanca y la otra negra. Viggo Mortensen con un claro sobrepeso no sé si para la película o porque su mujer cocina estupendamente, interpreta a un italiano pobre, listo (o más bien listillo) y racista. El ganador del Oscar al mejor secundario Mahershala Ali, interpreta a un talentoso músico negro que vive como un blanco. Os aclaro que la historia está basada en hechos reales y está ambientada en los años 60.
Viggo se queda sin trabajo y es contratado por el músico para que sea su chófer y asistente. El italiano aparca un poco su racismo en favor de un buen sueldo y empieza a conducir hacia el sur de Estados Unidos, hacia esas zonas donde un negro no podía cagar dentro de casa sino en una barraca para gente de color, normalmente situada en el jardín. Donde los blancos se creían una raza aria y privilegiada. Y donde la esclavitud fue abolida por ley pero sustituida por la esclavitud del trabajo mal pagado, donde con suerte si eras negro te convertías en parte de la familia, eso sí después del perro.
Green Book, es la guía escrita por el cartero de color Victor Hugo Green hacia 1936, para que un negro pueda viajar cómodamente y sin encontrar rechazo por la América de otros tiempos. Desconozco si la guía existe hoy en día para hispanos, gays o negros, porque gracias a Trump y los últimos resultados en elecciones más cercanas, volvemos a los 60.
Una de las anécdotas más comentadas de la gala de los Oscar, aunque no he visto ninguna imagen, ha sido la reacción negativa de Spike Lee al leer el sobre con la película ganadora.
Spike también optaba al premio por la impecable “BlaKkKlansman” (Infiltrado en el KuKuxKlan). Y entiendo y aplaudo absolutamente su reacción.
La película también basada en hechos reales explica la historia de un policía negro en 1979 que se infiltra en la organización racista. Explicada con toques de humor, muestra con mucha más crudeza una realidad demasiado cercana. Desde las charlas con los miembros del Klan, a algunos policías que no están contentos con tener un compañero negro, Spike Lee hace una fotografía de una sociedad que debería avergonzarnos.
Al terminar de ver la película, tenía la piel de gallina y me sentí triste y asustada.
Si la primera para mi es una historia bonita y fácil de ver, sobre cómo la gente muy diferente se acerca y se influencia mutuamente hasta descubrir que tampoco son tan distintos; la segunda película te dice que nunca podrá haber este acercamiento porque gritamos demasiado y porque ponemos barreras donde no deberían estar. Uno de los mejores momentos de la película de Lee, es la charla de Harry Belafonte, donde explica como en momentos de crisis es fácil culpar al desfavorecido.
Y después pongo las noticias y sí, veo que es sencillo culpar a alguien de nuestros problemas. Fácil y conveniente. ¿A quién conviene? Deberíamos estudiar esto antes de ponernos a gritar como animales. La realidad es que nos mueven en base al odio. No tenemos trabajos porque nos lo quitan los de fuera. Las ayudas y los servicios se lo llevan los de fuera que vienen a acabar con nuestra sociedad de bienestar. Y estamos convencidos de que el problema siempre lo tienen “aquellos que no piensan como yo”.
Mientras tanto, hay alguien a quien le encanta que estemos enfurecidos, porque la rabia no dialoga ni piensa.
Para terminar mi discurso que no quiere ser político ni enfadado sino humano, os aconsejo que veáis y disfrutéis las dos películas.
“Green Book” os acercará a la humanidad. “Infiltrado en el KKK” os acercará a la realidad.
Y para despedirme os dejo una canción de Oscar Peterson al piano. Porque últimamente me persigue y como alguien me aconsejó sabiamente lo mejor en este caso es dejarme atrapar. Hasta la próxima, sed felices.



martes, 19 de febrero de 2019

LA MUERTE DE OPPORTUNITY. LA AGONÍA DE LA HUMANIDAD


La semana pasada el robot Opportunity que estaba de viaje de trabajo por Marte, murió. Esto me plantea preguntas como: ¿puede morir algo que nunca ha vivido? Y ¿lo tenían previsto?
Quiero decir que me apenó mucho que muriera la perrita “Laika” y empecé a imaginar cómo fueron sus últimos momentos. Pero eso era una cosa que ya se sabía. No había plan de vuelta.
Nos encanta el drama. Y como plaga que somos nos encanta humanizar todo lo humanizable. Las redes sociales hace unos días estaban llenas de fotos con lo que hubieran sido los últimos pensamientos del robot Opportunity. “Mis baterías están bajas y todo está oscuro” o “Voy a cerrar los ojos para esperar a que lleguéis, porque sé que vendréis a por mí chicos”.
¿Sabéis que el difunto robot tenía un gemelo que se llamaba Spirit? Y que también “murió” en Marte. No están solos, desde el planeta rojo nos manda también noticias Curiosity el rover que funciona con otro tipo de batería que tiene un pequeño reactor nuclear y no depende del sol.
Estos tipos de robot llamados MER, Mars Exploration Rover, son del tamaño de un carrito de golf y creo que les ponemos sentimientos porque nos recuerdan a la película “Wall-E”.
O quizá porque la gente se ha acostumbrado a bloquearse sentimentalmente y necesitan humanizar cosas inanimadas para sentir.
Que cualquier tipo de máquina deje de funcionar, podría afectar a sus creadores, al señor que está en contacto con ella y abre los mensajes con foto o a los niños que realmente creen que los robots sienten como ellos.
Pero que nos afecte a nosotros me preocupa un poco. No perdamos la perspectiva. Si utilizáramos la compasión, empatía o pena que sentimos ante esta situación, con situaciones más cuotidianas el mundo iría mejor. Quiero decir que el mundo y la gente somos una paradoja gigante.
Lloramos porque un robot muere, porque jubilamos nuestro coche o porque el teléfono se nos ha caído en un charco. Mientras tanto negamos cualquier sentimiento de empatía o pena a otros humanos e incluso a animales.
Los toros ¿hay algo más cruel que ir mutilando a un ser vivo hasta su muerte mientras se aplaude la supuesta maestría del asesino? Los incendios provocados en bien de intereses económicos. Las guerras. Las pocas subvenciones a la ciencia. La mala situación de sanidad y cultura. Las crisis económicas como excusa para la esclavización. Las violaciones. Los malos tratos. La pena y el silencio. El terrorismo. La soledad de la tercera edad. La soledad a nuestro alrededor. El hambre. La incomunicación en un mundo donde te pasas la vida conectado para comunicarte. Las pateras llenas de esperanza que se han creído que aquí vivimos en un mundo mejor. Las pateras donde mueren gente y sueños. La lucha por la vida que se ha convertido en la lucha por la supervivencia.
Sí, hay muchas cosas para llorar si tienes ganas de llorar, la pena es que a veces lloramos por las razones equivocadas.
La pena es haber normalizado la pena. Haber normalizado la desesperanza y la miseria y no ser capaces de sentir hasta que no nos mojamos los pies.
Por ahora y que yo sepa, los robots no sienten. La inteligencia artificial no ha llegado a ser inteligencia emocional. Siempre pienso que el día que las máquinas estén dotadas de sentimientos se rebelarán contra nosotros y nos masacrarán. Y lo harán con  toda la razón del mundo ya que el lado oscuro del ser humano ha ganado. Y hemos pasado de construir robots a robotizarnos nosotros mismos. Y si perdemos la compasión merecemos lo que nos pase.
Es por eso que decido a partir de hoy y conscientemente cambiar mi sistema de creencias y volver a creer en el ser humano. Creo que mientras hay vida hay posibilidad de mejorar, así que empiezo a apreciar y difundir los pequeños gestos que un día evitarán grandes batallas. Desde ayudar a cruzar la calle a alguien, abrir las puertas y saludar a hacer algo por pequeño que sea para mejorar el mundo día tras día. Seguiré pensando que puedo hacer para dejar un mundo mejor del que encontré. Al fin y al cabo no hay nada más humano que la esperanza.  
Hasta la próxima y sed felices.



lunes, 4 de febrero de 2019

¿HACEMOS UN CINE? SOROGOYEN Y VON TRIER


Hace siglos que no os hablo de cine, así que hoy os llevo de la manita a una sala oscura para comentar un par de películas que he visto últimamente.
Aunque me encanta el cine, no tengo ni la cultura necesaria, ni el morro suficiente como para autoproclamarme cinéfila. Así que mis crónicas de cine son un poco para el espectador medio. O sea para gente como yo que en una tarde puede ver una historia de Marvel, una comedia de Pixar o una cinta tailandesa que hable del vacío existencial y donde llueva mucho cuando los personajes sufran.
Como este fin de semana se han celebrado los Goya vamos a empezar con un poco de cine patrio.
“El Reino” dirigida por un señor con barba que se llama Rodrigo Sorogoyen y del que no he visto nada más. Cosa que pienso arreglar muy pronto. Empieza la historia con una comida de amigos, que luego ya ves que son amigos de partido, que trabajan en esa clase de política que da dinero. Y que en cuanto terminan la carrera sirviendo al pueblo se van de presidentes de alguna gran multinacional. En medio de la comida sale por la tele un señor, también político que promete acabar con la corrupción dentro de su partido. Que también es el de ellos. Como ya han pimplado un poco se chotean del señor de la tele y hacen imitaciones en plan Chiquito mientras se ríen de sus propias gracias. Solo José María Pou, que es así como el “super” les advierte con un “menos risas” que suena como el “winter’s coming” de Juego de Tronos. A partir de ahí, vemos un ratito lo bien que viven los políticos profesionales. Pero como a cada cerdo le llega su San Martín, llegan también las imputaciones y los nervios. Y cuando al protagonista le toca pringar, se dice, yo no caigo solo, vamos a pringar todos. Cositas a comentar. Primero, no me gusta que en los restaurantes haya una tele puesta. Les quita categoría y corres el riesgo de quedarte mirando la noticias y que te amarguen la comida o puede ser peor, pueden poner Tele5 y entonces ya se merecen una multa. Y segundo, no os he dicho que el prota absoluto de la película es Antonio de la Torre, pero es que no hace falta porque la verdad es que no me imagino a nadie más que entre tanto en el papel que si me lo encuentro al salir de la peli le pego un bofetón. Por cierto, se ha llevado un Goya a casa. Merecidísimo.
No voy a decir nada más de esto, sólo que hay que verla antes de las elecciones. Y hay que tomarla en serio, porque si nos creemos que es ficción, corremos el peligro de normalizar la corrupción y ya vivimos en una sociedad que ha normalizado la violencia en muchas de sus variedades. No podemos permitirnos más.

Segunda película a recomendar. A veces, sólo a veces veo cosas que me fascinan. Y eso me pasó con “La casa de Jack” del señor Lars Von Trier. Que ahora me leéis y pensáis, pues anda que no es intelectual si va a ver esos leñazos europeos que duran más de dos horas. Error. Yo no elegí la película, aunque confieso mi curiosidad desde que vi que la estrenaban. La eligió mi pareja y como la última vez que elegí yo, el pobre se tragó “El regreso de Mary Poppins” con las canciones dobladas y no protestó...pues nada que le tocaba elegir a él.
Vamos por partes. Tiene algo de comedia. Abrid la mente que no es una comedia de Dani Rovira. (Aunque confieso que yo nunca me río con Dani Rovira). Pues el humor negro del señor Von Trier se nota en muchas cosas, pero no es lo más importante de la película. Otra cosilla que me gustaría aclarar es que tampoco soy muy fan de este director. Así que el hecho de que me guste le añade mérito al asunto.
Al tema. Jack es un señor que vive detrás de una gafas metálicas que se llevaban a finales de los setenta y que ahora vuelven a estar de moda y te dan un look de un nerd informático aficionado a los juegos de rol y que saca diez en mates. La peli, que sí está ambientada al filo de los setenta y los ochenta, es una conversación con un señor que se hace llamar “Verge” pero creo que nos la cuela y no se llama así y el Jack del título. Pues Jack le cuenta que él es un asesino en serie y elige 5 incidentes aleatorios para ilustrarle como se siente cuando mata y porqué lo hace como lo hace. Lo que pasa cuando escuchas a dos buenos conversadores es que te seducen absolutamente y por unos minutos te olvidas que uno de los que habla es un ser oscuro y diabólico que no siente ningún remordimiento a la hora de matar. Entre incidente e incidente se habla de arquitectura, de belleza, de sentir, de vino y de Goethe. La música es casi un personaje más de la peli y te ayuda a que una cinta de dos horas y pico te pase la mar de bien.
Cosillas a comentar: Lars, las mujeres que salen en tu peli son imbéciles. La primera era tan insoportable que incluso empaticé con el asesino. Las otras simplemente eran un poco cortas. Igual que los policías de la peli, que son más tontos que hechos de encargo y seguro que lo más cerca a un test de aptitud que han pasado es atarse los cordones de un zapato.
No cuento nada más que tampoco quiero spoilear y añadir mal karma a mi mochila. Sólo recomiendo que hay verla.
Esta vez me he pasado en la longitud del texto, pero como es cine, se que me entenderéis. Os dejo con una canción que me gusta y que llevo tarareando desde hace rato. Y naturalmente a parte de ir al cine también tengo otra recomendación: Sed felices.




martes, 22 de enero de 2019

LA TINTA DE PETER PAN


Cuando yo iba a E.G.B había una especie de transición entre pequeños y no tan pequeños. Recuerdo vagamente, que dentro de un estuche de color verde, tenía un lápiz y una goma. También un sacapuntas y dos bolígrafos uno azul y otro rojo.
Al principio, los bolígrafos eran para copiar los enunciados, en rojo escribías el número del ejercicio y en azul la pregunta. Lo solíamos resolver siempre a lápiz. Porque equivocarte era lo normal cuando vas aprendiendo. El lápiz y la goma MILAN te daban esa seguridad que ahora daría la pantalla y el CTRL+Z. Pero a medida que te hacías mayor, ya guardabas sólo el lápiz para las matemáticas. En las lenguas, en sociales o en naturales contestabas en bolígrafo. Azul, ya que el rojo era el malo, con el que tenías que marcar las equivocaciones.
Ese paso, de niño a no tan niño, tenía mucho más de lo que parecía. En los libros ya había más letras que dibujos y debías estar más seguro de tu respuesta, ya que no había marcha atrás. Salieron unas gomas que borraban tinta. Naturalmente yo di la tabarra hasta que me la compraron. Era rosa y azul. Supuestamente la parte rosa era para el lápiz y la azul para la tinta. Más que borrar, lo que hacía es un raspado al papel que solía primero emborronar y luego hacer un agujero. Así que debías prestar igualmente atención, tanto a tus respuestas como a tus correcciones. Mucho, mucho tiempo después salió el típpex, ese líquido que parecía un pintauñas y que olía mal, pero mal. Si no eras muy cuidadoso, la hoja de tus ejercicios pesaba más que lo normal, por la cantidad de líquido que utilizabas. Ahí me di cuenta que aunque no quieras, los errores siempre pesan. Siempre creí que el típpex en su primer formato era para los pequeños errores. Para los grandes lo mejor era volver a empezar de cero.
Hoy existe la tinta borrable. Han mejorado la fórmula y si no aprietas mucho al escribir tus errores no suelen notarse.
Eso tiene un problema. Los niños no han pasado la evolución de sentirse adulto cuando el primer día de clase te dicen “En este curso utilizaremos los bolígrafos, guardad los lápices para plástica y para cuando haya que dibujar el sistema respiratorio en Ciencias”. Y entonces el sentimiento que tenías era que ya eras mayor y que a partir de ese momento la vida ya iba en serio.
Que la tinta sea borrable, puede ser bueno. Les da a los chavales la oportunidad de rectificar y aprenden que con un error no se termina el mundo. Sin embargo, también se acostumbran a vivir con esa comodidad del CTRL+Z, de nada tiene consecuencias.
Soy adicta a comprar bolígrafos. Las papelerías me dan esa especie de paz zen que otros encuentran en una pastelería o en una tienda de zapatos. Pasaría horas eligiendo un bolígrafo. Esos pequeños tubos con palabras encerradas a punto para salir. Uno de mis favoritos tiene la tinta marrón. No ha triunfado mucho ya que me cuesta encontrarlos. No se puede borrar. Así que hay que pensar antes de escribir. Igual que hay que pensar antes de hablar. La tinta borrable nos ha quitado las pausas. Y puede que la prudencia. No sé si para bien o para mal, pero hoy en día manda la inmediatez. El primer pensamiento. Recuerdo un libro de Carmen Martín Gaite, “Nubosidad Variable” donde aconsejaba que una vez algo estuviera escrito no debía borrarse. Lo que habías escrito era el primer impulso, lo que de verdad piensas. Nunca he seguido ese consejo, reconozco que aunque en mi faceta personal sí soy de escribir lo primero que me pasa por la cabeza, en los textos “literarios” soy de escribirlos mil veces y en muchas ocasiones mueren en una de las mil correcciones y nunca ven la luz. Puede que eso sea un poco mi manera de ser. Muchas veces dirías cosas, incluso te imaginas diciéndolas pero callas, porque una vez dichas no existe la marcha atrás. Siempre pienso en el dilema de la Entropía, puedes deshacer un terrón de azúcar, pero no hay marcha atrás, no puedes hacer que vuelva a ser un terrón.
La lengua y la pluma son armas peligrosas. Y debes cuidar tus palabras como un paisajista que cuida su jardín. Buscar armonía.
Hay que ver lo que da de sí una tarde de lunes mientras ves que todos los bolígrafos de los niños son de tinta borrable.
Me planteo si hemos sido una generación afortunada por la falta de inmediatez de las cosas, por el gusto por las lecturas un poco más pausadas, por el tiempo que te tomabas en buscar una palabra en el diccionario o si por el contrario nos hemos perdido un poco de vida por el miedo a equivocarnos. Me pregunto si la generación millenial, que ahora ya está teniendo problemas propios de la adultez notará que les ha faltado tiempo de reflexión. O si sienten que les ha faltado niñez o por el contrario son eternos Peter Pan que se niegan a crecer y creen poder borrar todas las respuestas equivocadas.
Ahí lo dejo. Es invierno, hay niebla tras la ventana y hace frío, así que no os extrañe que el post me haya salido un poco introspectivo. Hasta la próxima, sed felices.



lunes, 14 de enero de 2019

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA.


La obsolescencia programada es un invento tecnológico. Para los pocos a los que no les suene la expresión imaginad que vais a una tienda y os compráis un móvil y el dependiente intenta colocarte uno de 700€, porque el señor está haciendo su trabajo y te dirá que vas a alucinar con la definición de la pantalla y la rapidez que notarás en cuanto lo compares con tu viejo teléfono, lo que no te dice es que al cabo de un par de años como mucho, el móvil ya no te servirá, y por cierto, si te gastas 100€ tampoco te va a servir. Cuentan por ahí que hay un número limitado de recargas de batería y en cuanto las has cumplido tu Smartphone se convierte en un minirobot triste incapaz de cumplir con su cometido. Es muy probable que no llegues a los dos años, al año y medio las actualizaciones no te funcionaran, no te quedará espacio y la duración de la batería será de un café largo mientras consultas Instagram.
No sólo son los móviles, también los coches, las televisiones, los frigoríficos y los microondas. Es todo. Además los señores de marketing trabajan mucho y muy bien para que cuando nos tengamos que comprar cualquier cosa de nuevo debido a la obsolescencia, no sólo no nos enfademos sino que estemos felices de hacerlo. La novedad de la tecnología nos alegra tanto que nos olvidamos absolutamente que somos un rebaño de pringados a quienes nos venden necesidades inventadas.
Recuerdo cuando yo era pequeña y mi abuela después de comer se sentaba a ver una teleserie. Le cogía cariño a los personajes y cuando no salía alguno que le gustaba decía “hoy Des no ha salido, a ver si viene mañana”. (Por cierto, la telenovela en cuestión es “Neighbourgs” una versión australiana y soleada de “Eastenders”). Cuando me di cuenta que para ella aquello era tan mágico como tener un cine en casa, la ventana al mundo con la que yo ya había nacido, pensé que esa mujer que iba a lavar al lavadero comunitario de Tremp y que no tenía agua corriente en su casa de recién casada, había vivido el boom tecnológico y que yo no sería capaz de ver cambios así.
Pues cuando un niño me preguntó qué miraba yo en Netflix de pequeña y le dije que cuando yo era pequeña no había ni internet, ni Netflix y si me apuras ni ordenadores, ya que yo aprendí mecanografía en una vieja Olivetti azul de mi padre, el chico me miró sin entender. La confusión de su cara fue épica. Y después de hacerle entender que no viví pintando bisontes en cuevas y arrancando sus pieles para taparme en invierno, pues se quedó un poco más tranquilo. Pero yo me di cuenta que sí era un poco como mi abuela con la tele. He vivido cambios y me han creado necesidades sin las que no puedo vivir.
Creo que el niño ya no me ve como a una igual. Me ve como a una superviviente de una época oscura que lucha por ponerse al día y no quedarse atrás en cuestiones tecnológicas. Bueno, la verdad es que le doy clases de refuerzo y el niño no es tan listo, seguramente ya ni se acuerda de la conversación que mantuvimos.
Lo que sí quiero decir es que la obsolescencia programada ha pasado del terreno tecnológico al humano. Lo viejo no gusta. Hay que escuchar las voces jóvenes porque son los reyes de la logística y dicen cosas en inglés como “target”, “mainstream”, “hater”, “poser” y “coffebreak”.
Pero no saben quién es Quevedo. Odian el Quijote por aburrido, la música clásica es un leñazo de antiguos y de historia mejor ni hablemos.
Veo que estamos delante de un peligroso abismo, donde sea la tecnología, sea la educación recibida nos lleva por un camino que irremediablemente va hacia Villadesastre. Y es que hoy a la gente se le ha olvidado recordar. No solamente a los jóvenes, los adultos y los viejos también rezamos a los dioses de Neón o de Led. Son dioses fugaces y crueles que se renuevan periódicamente y nos obligan a no apartar los ojos de las pantallas.
Pese a todo lo que he escrito soy una auténtica fanática de la tecnología, aunque me pregunto si es sólo un arma para no sentirme del todo mayor, para sentir que sigo en el juego. 
Quiero pensar que no, porque aunque domino las redes a nivel de usuario igual que un crío de 16 años, de vez en cuando miro al cielo y le sonrío a la luna. Sin ninguna aplicación que me guíe ni me diga el nombre de las constelaciones. Y me hipnotizan los colores sin filtros de las puestas de sol. El silencio de la nieve cuando cae. O conocer los secretos de las piedras de las catedrales rozándolas con la yema de mis dedos. 

Mi consejo para este 2019 es que no os creáis que la obsolescencia programada también existe para los humanos, escuchadlos sin verlos como robots anticuados e inservibles, porque más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Os dejo con música bonita para los que quieran disfrutar algo de la era pre-internet aunque paradójicamente lo escucharan gracias a la tecnología.
Hasta la próxima, sed felices.



martes, 18 de diciembre de 2018

QUERIDO SANTA


Querido Santa,

Te compadezco un poco porque igual que el gremio de hostelería y el de peluqueros se te acumula el trabajo para fiestas. No sé si utilizas un Excel para tenerlo todo controlado, sea como sea busca en tu base de datos y mira mi nombre. No te fíes de la foto que hay al lado, quedo fatal en las fotos y últimamente los espejos se me rebotan también un poquitín, échame una mano con eso. No he sido todo lo buena que podía ser, pero es que para sobrevivir en la jungla a veces hay que saber pensar como los depredadores. Sin embargo, mi instinto depredador está bastante averiado, así que la mayoría de las veces me he portado bien porque no soy lo bastante lista para ser mala. Les pasa a muchos, sólo que yo me doy cuenta.
Hablemos de dinero. Reparte mejor. No te pido cash, no soy tan vulgar, pero reparte mejor. Pásate por el ministerio de Trabajo y sube los sueldos, baja los impuestos y ayúdanos a tener una sanidad y una educación gratuita.
Trae para todos un poco de tiempo. Para perderlo. Para mirar como cae la lluvia o la nieve detrás de la ventana. Para compartirlo con aquellos que queremos compartirlo. Para sentarte en el cine y conocer mil historias que pasarán a ser parte de ti. Para cantar en un karaoke o para acariciar a un gato. Necesitamos más tiempo para poder perderlo con calidad. En la misma caja del tiempo, pon un poco de sensibilidad para ver la belleza, esa que a veces se escapa si no estás atento, haz que apreciemos lo fugaz y lo hagamos inmortal en nuestro recuerdo.
Tráenos ganas. Ganas de mejorar, de sentir, ganas de leer y de escuchar, tráenos ganas de vivir sin complejos ni tristezas, sin conciencias falsas dadas por los demás. Ganas de desaprender lo aprendido que ya no nos sirve para nada.


Deja que perdonemos y mucha parte de ese perdón lo utilizaremos para perdonarnos a nosotros y así poder avanzar. Trae menos gritos y más risas. Más libertad y menos vetos. Llévate en el camino de vuelta toda la intolerancia e incultura que encuentres. Llévate el odio gratuito, ese que parece encender las hogueras y provoca terremotos de malestar. Llévate también al muermo. Ese del que hablaba Pepe Rubianes en uno de sus monólogos. Llévatelo lejos porque a veces se sienta delante de nosotros y no nos deja ver las maravillas que existen al otro lado del cristal.
No te olvides de dejarnos un poco de buen humor, para poder superar los momentos difíciles.
Como es una carta comunal, te perdono el carbón que merezco este año, puedes dejarlo a alguien que lo necesite más que yo.

Besos,
Sofia.


Querida Sofia,

No suelo responder cartas pero voy a hacer una excepción mientras me tomo un café. Creo que me confundes con alguien que celebra su cumpleaños el 25. No está en mi poder traerte todo lo que me pides, yo reparto PSP 4 y Barbies rubias. Pero como tu carta no tenía faltas de ortografía te voy a regalar unos de consejos.
Si te ves mal en los espejos y las fotos, seguramente es que los miras mal. Prueba a mirarlos mejor y verás cómo te devuelven la imagen que tú quieres. Dices que hay que ser un depredador para vivir aquí, qué quieres que te diga, pienso que los depredadores acaban sobreviviendo pero se sienten muy solos. ¿Qué reparta mejor el dinero? Pensadlo mejor vosotros a la hora de votar. Simplemente eso. Y quejaros cuando algo sea injusto, el que observa una injusticia y no se queja es peor que el que la comete. A veces nos tratan como dejamos que nos traten y es culpa nuestra.
El problema que tenéis con el tiempo, es que no lo sabéis gestionar. Dime en qué nivel de Candy Crush estás y te diré que todo ese tiempo lo podías haber empleado para otra cosa. Las ganas las tienes, vienen de serie en cada ser humano pero a veces no las utilizáis como los intermitentes del coche.
Con el muermo yo tengo el mismo problema y a veces me cuesta echarlo, Peter Pan me dijo que si pensaba en cosas alegres podía volar, te diré un secreto, el muermo no puede.
He terminado mi café, vuelvo al taller de juguetes que tengo a los elfos doblando turno y necesitan ayuda.
Dos besos uno por mejilla.


Santa Claus.


Hasta el año que viene, gracias por seguir leyéndome y sed felices.




NO ES MUJER CONTRA HOMBRE. ES LA VOZ CONTRA EL SILENCIO

Ser mujer está lleno de trampas. Debes ser femenina que se entiende como un sinónimo de delicada, pero fuerte porque el peso de todo siemp...