miércoles, 4 de abril de 2018

CENSURADOS.

No leo la prensa del corazón. Incluso en la peluquería suelo sacar la novela del bolso. Lo cual me invalida como apta para tomar parte en la mayoría de las discusiones que oigo a mi alrededor. No miro ni “Sálvame” ni tampoco “Masterchef” ni “La Voz”. Sé que existen porque tampoco vivo en una prisión del siglo XII.
Y porque tengo Twitter. Y allí amigos, es donde sale la parte entre voyeur y ávida de cotilleos de mi ser. Esta mañana, el trending topic (para los profanos en el tema, es el asunto sobre el que hay más tweets) era #letiziavssofia. Imagino que ya todos habéis visto el video. Mientras una abuela quiere hacerse una foto con sus nietas, la madre de estas no la deja. Podría pasar en las mejores familias. Sin embargo se trata de la familia real española. Como no tengo planes de visitar la cárcel, ni tengo posibles para huir del país…ahí acaba el tema. Quien me iba a decir a mí que la censura, que me sonaba a cosa de cuando mis padres eran jóvenes y a besos de “Cinema Paradiso”, me iba a frenar. Pues sí, me frena. No sólo eso. A veces no retuiteo cosas por miedo. Así que asumamos que tengo un problema. No. Asumamos que tenemos un problema. Yo crecí viendo películas en Tv1 y Tv2. No hubo más canales de televisión durante mucho tiempo. Y ahora parece que la Merkel nos está invadiendo lentamente, hipnotizando nuestras siestas con películas alemanas que son el colmo de la sosez y el decoro. Pero cuando yo era pequeña, la mayoría de las pelis del fin de semana eran americanas. Lo que hubiera sido trending topic en mi infancia hubiera ido de Westerns, Tarzán, guerra del vietnam y pelis de niños que con un spectrum y un teléfono entraban en la cuenta de un banco, en sus notas de la escuela o lanzaban misiles. Pero recuerdo que una de las frases más repetidas en toda producción americana que se preciara en los setenta y ochenta era alguien, generalmente un actor secundario preguntando “¿Vivimos en un país libre, verdad Joe?” (Siempre había un Joe).
Naturalmente que sí, la estatua de la libertad era mi destino preferido de pequeña. Ese país, de segundas oportunidades, que a falta de historia basó su existencia en dos cosas: la bandera y el sueño americano.
Con la edad, me aficioné al cine europeo. Y a ver las noticias y a escuchar a mi padre. Y descubrí que América (perdón, Estados Unidos) no era un país libre. Y nosotros sí. Porque salíamos de una dictadura y teníamos una recién nacida democracia a la que había que cuidar. Podíamos votar. Y lo hacíamos (yo no, porque aún no tenía edad) ilusionados como se hacen esas cosas que antes han sido prohibidas. Como beber alcohol a los 18 y conducir cuando estrenas carnet.  
Nunca he creído en banderas y me daba bastante igual lo que significaran, pero ahora me doy cuenta que estoy en un mundo distinto del que pretendía. Resulta que en mi mundo te meten en la cárcel por opinar. Por publicar tweets o rapear, aunque sean verdades como templos. Y me muero de ganas de cotillear sobre el incidente de la foto de la casa real. He visto el vídeo y he leído divertidísimos memes que se ponían a favor de suegra o de nuera. He visto peticiones de República. Y me he puesto a escribir del tema, pero entonces una voz me ha dicho “¿vivimos en un país libre, no Joe?”. Y he pensado claro que no Joe, vivimos en plena censura. Y si algún día me decido a escribir verdades no arriesgaré mi libertad por hablar de una pelea familiar que no me importa absolutamente nada. Arriesgaré mi libertad por hablar de la falta de ella, de la corrupción o de todos los derechos que hemos ido perdiendo por el camino. De lo que de verdad ocurre a nuestro alrededor mientras todos nos reímos de los “memes” en la red.

Esta semana no os pongo canción. Pero os cuelgo un poema que hechizó el final de mi semana santa. Hay que “Huir” de todo lo que no nos gusta. Sed felices. Sin censuras.



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