viernes, 25 de marzo de 2011

Inmortales

No se cómo era Liz Taylor en realidad. Igual que no se cómo seria encontrarme a Kelsey Grammer en un Burger King. No lo se, por que no me ha pasado nunca y porque tiendo a ignorar toda la realidad de mi alrededor y convertirla en ficción.
O sea que para mi Kelsey Grammer siempre será Frasier. Y nunca entraría en un Burguer King, seguramente coicidiría con Frasier y su hermano Niles en el hall de un teatro, para entrar a ver una obra de Stephen Sondheim.
Actor y personaje. Da miedo a veces como confundimos a gente tan distinta.
En mi cabeza muchas veces la vida real se aparta para dejar paso a un guión. Me sorprendo cuando estoy leyendo el periódico en una cafetería y pienso “Uff que aburrimiento, hay que aligerar esta escena, ponerle música, o la gente saldrá del cine antes de que me termine el café”.

Esta semana ha muerto Liz Taylor, siguiendo la racha de una temporada en que se van los mejores. ¿La culpa? Que de pequeña en lugar de mirar el fútbol yo veía las películas que daban por la 2. Y los iconos de la infancia, siempre son los mejores.

Por eso que muera Liz, (aunque deseo que todos vivan muchos años), no es más que una excusa para re-visionar alguna de sus películas. Eso ha quedado un poco cruel. Pero la verdad es que yo no conocí nunca a Liz. No me interesaron sus matrimonios, ni su amistad con Michael Jackson, ni su relación con Richard Burton. A mi me interesaba, Cleopatra, Amy en mujercitas y la sufrida esposa de Paul Newman que se sentía como una gata en un tejado de zinc.
Por eso, Liz no ha muerto, ayer apareció en mi televisor y está tan fantástica como siempre. Por eso también, Burt Lancaster siempre vestirá mallas, Gene Kelly bailará eternamente bajo la lluvia, Ava Gardner seguirá descalza y Humphrey Bogart vestirá gabardina en el aeropuerto. Ningún problema. Todo está ahí en mi cabeza.

Más delicado es, cuando coincido con algún actor vivo y no sigue las pautas de su personaje. (Vale, eso es un poco “Misery” pero tranquilos, me he cruzado con un montón de actores o presentadores y nunca, nunca les he dicho nada, la confusión está en mi cabeza y seguirá estando ahí).
Prometo no llamar Alcántara a Imanol Arias, ni Aida a Carmen Machi si me la cruzo por la calle, y no voy a pedir a Buenafuente que me cuente un chiste, de hecho no voy a hacerme ni una foto de “fan” pesada si me cruzo con ellos. Aunque, si vuelvo a coincidir con Alan Rickman en un café puede que susurre “Expeliarmus” a ver si se le cae la taza.

Mientras tanto, nadie ha muerto, y como no han muerto, están todos ahí reunidos, tomando café y algún chupito de bourbon. Liz vuelve a tener 25 años y está fumando al lado de Bette, en un bar donde se puede fumar y contar tus penas al camarero por un euro la copa. (Sí he adaptado los precios, que por algo es mi bar y decido yo). Dean Martín y Frank Sinatra están al piano borrachos y Fernando Fernán Gómez está tecleando en un rincón en una vieja máquina de escribir, mientras discute con sus colegas del café Gijón, entre ellos Marilyn Monroe junto a Dorothy Parker critican a Spencer Tracy y Katherine Hepburn que están casados  por fin. Y algunos dicen que por ahí anda William Holden, medio enamorado de mi.

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